INFORMACIÓN EXCLUSIVA
NOTAS DEL DIRECTOR...
Echarse al monte y ser, por fin, libre. Reconozco que más de una vez se me ha pasado por la cabeza, y más en estos tiempos en los que el debate sobre la desconexión digital está tan presente. La vida moderna se nos está atragantando; la pérdida de intimidad, el control de la información, la deriva ultra, la sensación de estar superados por el día a día, de no llegar a nada… Frustraciones e insatisfacciones que bloquean y fríen nuestros cerebros elevando los niveles de estrés y ansiedad hasta lo insoportable. ¿Qué nos está pasando? ¿Avanzamos hacia el colapso o ya estamos viviendo en él? ¿Es esta una situación irreversible? ¿Por qué nos cuesta tanto levantar la cabeza del móvil, vivir el momento, el aquí y ahora?
Esta realidad que nos han puesto de manifiesto las nuevas tecnologías y las redes sociales, utilizadas para fines particulares y la acumulación de poder por parte de tecnoligarcas y grandes corporaciones, ha debilitado y desacreditado el papel de los Estados y los movimientos sociales como paraguas de la sociedad, promoviendo un escenario en el que el fuerte cada vez lo es más y el débil cada vez tiene menos recursos a los que agarrarse: su libertad ha sido privatizada (es el mercado, amigo). La tormenta perfecta que ha generado el ascenso meteórico de la ultraderecha.
Obviamente, echándonos al monte podemos esquivar muchos de los problemas que nos plantea la trituradora capitalista y neoliberal en la que se han convertido las ciudades: vivienda inaccesible, barrios orientados a la turistificación, familias ahogadas, pérdida de identidad y conciencia de clase…
Pero, claro, huir de los problemas no nos convierte en personas libres. Aparentemente sí. Luego pasa el tiempo y nos damos cuenta de que los problemas se habían metido en nuestra mochila y viajan con nosotros allá donde vayamos (¡Hola! Soy tu frustración).
Eixam (Enjambre) plantea esta situación en Malpàs, una pequeña comunidad autogestionada en la que sus habitantes quieren resetearse y cuentan, aparentemente, con todo lo necesario para ser felices. Aparentemente. Porque allí donde todo parece idílico se esconde una actualización del fascismo disfrazado de justicia: seguridad a cambio de libertad.
Afortunadamente, todavía nos queda la opción de transformar las ciudades, los pueblos y, claro está las aldeas, en lugares más amables para las personas.
Mientras tanto, sean bienvenidos a Malpàs.