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NOTAS DEL DIRECTOR...
El punto de partida de esta historia tiene que ver con dos hechos cruciales en mi vida: la muerte de mi padre y la noticia, unos meses más tarde, de que mi mujer y yo íbamos a ser padres por primera vez. La pregunta de qué clase de padre iba a ser estaba inevitablemente ligada a qué clase de padre había tenido. Y a un deseo: que a mi hija -por cierto, Olivia- le llegase algo de él, aunque no fueran a conocerse.
Óscar Díaz Cruz, mi compañero de guion, también descubrió que iba a ser padre por esas fechas y se encontraba realizándose preguntas parecidas.
Nos dábamos cuenta de que muchas de las tesis sobre la paternidad de la generación anterior han perdido su vigencia para la nuestra. De manera inconsciente poníamos a dialogar a ambas generaciones, y nos preguntábamos qué debíamos desaprender y qué convenía preservar.
Vino entonces la imagen de una familia rota. Unos hijos que arrastraban la pena de no haber tenido un padre cerca, al que culpaban de haberles abandonado, y que iban a tener que decidir si corresponder sus esfuerzos por enmendar los errores y acompañarlo ahora que se encontraba al final del río.
Ese gesto de generosidad con alguien que se va es sospechosamente parecido al que se te exige con alguien que llega. Ése era el sentido de transferencia que andábamos buscando y que yo he sentido especialmente cerca.
Hemos tratado de hacer una película honesta. Diría que todos los esfuerzos, de todas las personas que se han ido sumando al proyecto, se han destinado a ese propósito. Mis conversaciones con el equipo y los actores se centraban en cómo evidenciar la distancia entre los personajes y su posible acercamiento sin caer en el cinismo ni en el ternurismo,pero, sobre todo, sin tener pudor a la emoción. Entre ambos filos hemos tratado de sostenernos al hacer El mal padre.