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La idea de la película empezó a fraguarse cuando Will Seefried, el director, supo de la existencia de un procedimiento de la década de 1920, que persistió hasta 1970, que afirmaba “curar” la homosexualidad. En la Inglaterra de principios del siglo XX, la homosexualidad se consideraba una patología que debía corregirse, y muchos médicos recurrieron a terapias experimentales absolutamente crueles. Entre ellas figuraban tratamientos de choque, fármacos destinados a suprimir el deseo sexual y sesiones de terapia hablada orientadas a “reeducar” al paciente hacia la heterosexualidad.
Seefried ha realizado un arduo trabajo de investigación sobre esos centros, sobre las amistades que se entablaron entre las enfermeras y sus pacientes y en cómo, muchas de ellas racializadas, terminaron luchando desde dentro contra el sistema.
El director cuenta cómo su decisión de investigar más acerca de estas “terapias de conversión” comenzó por un cuestionamiento personal. Seefried recapitula en el cine y la literatura queer que muchas de esas historias versan alrededor del concepto de la culpa. Por ello, se planteó “cómo algunos de los mensajes de esta historia de las terapias de conversión habían encontrado su camino hacia mi psique, incluso siendo alguien que creció con una familia muy comprensiva. Pero aun así, esos mensajes de algún modo persistían. Así que inicié una especie de proyecto de investigación personal sobre la historia de estas prácticas, con la esperanza de conectar mi propio recorrido con un linaje queer más amplio y de obtener un sentido de contexto para lo que estaba viviendo”, explica.
Seefried no pretende que la película sea una fotografía de la historia, él la describe más bien como una pintura, pero recalca la importancia de conocer nuestra historia: “A la sociedad le encanta fingir que la diversidad sexual es un fenómeno reciente, así que creo que hay un gran poder en las historias que exploran el pasado de nuevas maneras”.