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NOTAS DEL DIRECTOR...
La historia del Sacamantecas se mantuvo latente en mi pensamiento durante mucho tiempo. Era también una conversación recurrente en mi círculo. Pero cuando Sergio Granda y yo comenzamos a reflexionar sobre los motivos que nos llevaban una y otra vez hasta ella, pronto descubrimos que tenían poco que ver con el personaje y mucho más con su contexto.
Al comenzar el proceso de documentación hubo dos detalles que nos atraparon de una manera muy poderosa y contundente. En primer lugar, dimos con un escrito en el que se mencionaba que Vitoria-Gasteiz pasó, en relativamente poco tiempo, de ser denominada la Atenas del Norte a convertirse en la ciudad con mayor índice de criminalidad de todo el Estado. En ese salto había también una pregunta demoledora: ¿qué había ocurrido entre esas dos realidades? ¿A qué se debía aquel viaje imparable hacia el crimen?
Por otro lado, la mayoría de los textos que encontramos sobre Juan Díaz de Garayo incidían en la dimensión legendaria del Sacamantecas y en el relato de sus crímenes. Sin embargo, hubo un dato que nos sorprendió especialmente y que abrió una vía completamente distinta para la película: pocos días antes de morir en el garrote vil, Juan Díaz de Garayo pidió aprender a leer y a escribir. Aquel gesto, aparentemente pequeño, nos hizo preguntarnos quién era realmente aquel hombre y qué podía haber detrás del mito. En cierto modo, ahí nació la película.
Entendimos entonces que podíamos conectar esos dos descubrimientos: por un lado, el analfabetismo de Garayo; por otro, una ciudad que en poco tiempo había pasado de ser próspera y segura a convertirse en un territorio marcado por la violencia. Surgía así una pregunta inevitable sobre la posible relación entre la falta de educación y el crimen. ¿Habrían sido la alfabetización y el acceso a la cultura herramientas que hubieran permitido a Juan Díaz de Garayo no asesinar?
¿Nos ayudan la cultura y la educación a identificar el mal y a enfrentarnos a él?
El devenir histórico demuestra que no existe necesariamente un vínculo directo entre cultura y pacifismo, como tampoco entre analfabetismo y violencia. Pero ese debate nos permitía acercarnos a otro interrogante mucho más profundo: hasta qué punto la violencia es patológica, cultural o una combinación de ambas. Y, en el fondo, nos ofrecía un mapa sobre el que orientar la pregunta definitiva de la película: ¿por qué mataba?
La película parte, además, de un concepto muy nítido: un asesino en la guerra. Mientras todas las miradas están puestas en una violencia estructural que arrasa el país y obliga a sus habitantes a tomar partido en una guerra civil, existe otra violencia, más íntima pero igualmente contundente, visceral e injusta, que se está cebando con las mujeres del territorio. Esa convivencia entre dos formas de violencia se convirtió en otro de los motores de la película.
A medida que avanzábamos en el proceso, crecía también nuestro deseo de alejarnos de la información más reconocible del personaje y profundizar en estas preguntas. Durante toda la preparación de la película hubo un combate constante entre la verosimilitud, el respeto a unos
hechos reales y la necesidad de construir una ficción que nos permitiera interrogarlos desde el presente.
El principal reto del proyecto ha sido encontrar un equilibrio de principio a fin. La película ha sido compleja en términos de logística y producción: muchos personajes, numerosas localizaciones, infinitos desplazamientos, animales, efectos especiales, explosiones y una gran cantidad de figuración. Pero esa complejidad nos ha permitido hacer algo que nos ilusionaba especialmente: un thriller ambientado en el siglo XIX vasco, explorando texturas, colores e imaginarios poco frecuentados por el cine español. Jugar a formar parte de aquella Álava del pasado ha sido, sin duda, uno de los grandes regalos que nos llevamos quienes hemos hecho esta película.
EL ORIGEN DE UN PROYECTO SINGULAR...
Hay proyectos que despiertan interés y otros que producen una fascinación inmediata.
Sacamantecas pertenece a esta segunda categoría. Cuando David Pérez Sañudo nos presentó el proyecto, lo primero que nos sorprendió fue precisamente que viniera de él. Después de dos películas profundamente intimistas como “Ane” y “Los últimos románticos”, llegaba con una propuesta de una ambición muy distinta: un gran thriller histórico ambientado en la Álava del siglo XIX, con batallas, persecuciones, centenares de figurantes y uno de los personajes más inquietantes de la historia criminal española.
Sin embargo, la verdadera sorpresa llegó al leer el guion. No estábamos ante una película de terror sobre el Sacamantecas, sino ante una obra mucho más compleja, capaz de combinar suspense, cine negro, western y drama histórico sin renunciar a la mirada profundamente autoral de David. Una película que se mueve entre la intimidad de sus personajes y la épica de los grandes acontecimientos históricos.
MUCHO MÁS QUE LA HISTORIA DE UN ASESINO...
Aunque Sacamantecas parte de la figura histórica de Juan Díaz de Garayo, la película nunca pretende ofrecer una explicación a sus crímenes. Nos interesaba más observar el mundo en el que aquellos crímenes fueron posibles.
Por eso la historia se articula alrededor de Ángela, un personaje de ficción que nos permite aproximarnos a las víctimas y recorrer una sociedad profundamente masculina, en la que los principales espacios de poder eran ocupados por hombres y las mujeres vivían en una situación de enorme vulnerabilidad.
La investigación del Sacamantecas acaba convirtiéndose así en el retrato de una época.
RECONSTRUIR LA ÁLAVA DEL SIGLO XIX...
Uno de los grandes retos de la producción fue devolver al espectador a la Álava de la Tercera Guerra Carlista con el mayor rigor histórico posible.
Durante años contamos con el asesoramiento de la historiadora Beatriz Fernández Molinero, que nos acompañó desde el desarrollo del guion hasta el propio rodaje, resolviendo cuestiones militares, sociales y cotidianas: cómo se relacionaban hombres y mujeres, qué carteles podían encontrarse en una calle, cómo se organizaban las partidas carlistas o qué expresiones pertenecían realmente a la época.
Ese mismo rigor se trasladó al euskera. Junto a Gorka Lazkano trabajamos en la reconstrucción del euskera histórico hablado en aquella zona, una labor especialmente compleja y apasionante.
UNA PRODUCCIÓN AL SERVICIO DE LA HISTORIA...
Sacamantecas se rodó durante casi once semanas en más de treinta y cinco localizaciones, principalmente en Álava: pueblos, montañas, bosques, caseríos, iglesias, fortalezas o el Museo Vasco del Ferrocarril.
El reto no era únicamente recrear una época, sino conseguir que localizaciones, dirección artística, vestuario, maquillaje, peluquería y fotografía construyeran un mismo universo.
La secuencia más compleja fue probablemente la gran batalla carlista, que contó con centenares de figurantes, explosiones, animales, fuego y complejas coreografías entre interiores y exteriores. Pero el verdadero desafío era conseguir que toda esa dimensión de producción estuviera siempre al servicio de los personajes.
Porque ahí reside, para nosotros, la esencia de Sacamantecas: hacer una película de gran escala sin perder nunca la intimidad de quienes la habitan.