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CRITICA
Por: PACO CASADO
Dentro de los géneros que han dado dinero en la taquilla en los últimos tiempos faltaba el gore, que ahora se pasa al ámbito juvenil, como marca la moda de las comedias de adolescentes, y así queda reciclado.
Los amantes de esta clase de películas miden su interés por los litros de sangre, los kilos de víscera o miembros amputados.
Son films de bajo presupuesto y a veces parodian a otros géneros.
Anton es un joven cuya mano derecha parece estar poseída por una fuerza diabólica que le lleva, contra su voluntad, a cometer los más horrendos crímenes, comenzando por sus padres y terminando por sus mejores amigos.
Para él su ideal de vida es no hacer nada, tumbarse en un sofá, ver la tele y fumar yerba.
El guion nos ofrece situaciones tan absurdas como que uno de sus amigos ande con la cabeza bajo el brazo y otro con una botella hundida en el cráneo.
Semejantes despropósitos hacen gracia a los adolescentes, que ríen a carcajadas limpias con las guarradas escatológicas y los malsonantes diálogos.
Su director, Rodman Flender, formado en la factoría de Roger Corman, conoce bien este tipo de cine y los resortes que tiene que mover para que sea eficaz, pero los resultados no pueden ser peores.
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