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CRITICA
Por: PACO CASADO
El director californiano James Ivory, afincado en el cine británico, encuentra habitualmente en las novelas del escritor inglés, ya desaparecido, E.M. Foster, la base temática para sus películas.
Si con 'Una habitación con vistas' (1986) conseguía triunfar y alzarse con tres Oscar, en esta ocasión tan sólo ha llegado a estar nominado al mejor vestuario.
En cambio en la Mostra de cine de Venecia, que el año anterior había pasado por alto 'Una habitación con vistas' (1986), le otorgó el León de plata, ex-aequo con 'Larga vida a la señora' (1987), dirigida por Ermano Olmi, el León de oro al mejor actor compartido por sus dos protagonistas Hugh Grant y James Wilby y el premio para la mejor música a Richard Robbins.
De nuevo recurre a E.M. Forster con 'Maurice' (1997), del escritor inglés, ya fallecido, que la escribió hace bastante tiempo, pero que no vio la luz hasta mediados de los años ochenta, debido a su temática, la homosexualidad de dos jóvenes, Clive y Maurice, que se conocen durante su estancia de estudios en la Universidad de Cambridge, allá por el año 1910.
Traman una buena amistad que llega hasta la atracción sexual y homosexualismo, duramente penado por las leyes de la política británica de la época.
Este era un tema tabú en la puritana Inglaterra.
Los dos amigos de la escuela de inglés se enamoran.
Para aceptar su lugar en la sociedad, Clive abandona a Maurice, su amor prohibido, y contrae matrimonio con Anne.
Mientras vive con Clive y su esposa Anne, Maurice descubre el romance en los brazos de Alec, el guardabosques de Clive.
Después de que su amante lo rechaza, el joven atrapado por la presión de la sociedad eduardiana, llega a un acuerdo y acepta su sexualidad.
Escrito a partir del dolor personal, esta es la historia de E.M. Forster sobre cómo aceptar la sexualidad en la era eduardiana.
El libro era difícil de plasmar en cine, ya que posee muchos momentos de estados de ánimo interior, los que supera James Ivory con una perfecta ambientación, tanto exterior como interior, que ayuda a la comprensión anímica de los personajes y a sus licenciosas conductas, contribuyendo a ello un ritmo cansino, premeditadamente lento, reflexivo, aunque resulta algo frío en cuanto a la dirección, con una espléndida fotografía de Pierre Lhomme, buena música de Richard Robbins y un trabajo lleno de sensibilidad por parte de James Wilby y Hugh Grant, que les llevó a conseguir, ex-aequo, el premio de interpretación para ambos en la Mostra de cine de Venecia, así como el León de Plata y el premio a la música de Richard Robbins.
También logró una nominación al Oscar al mejor vestuario.
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