Bill Condon acomete la vida de Alfred Kinsey, que desde niño estuvo mediatizado por su padre, un predicdor que denostaba inventos demoniacos como el cine o la cremallera en los pantalones. Se independizó y se dedicó a estudiar las avispas y el sexo, un eterno tabú para su progenitor. Laura Linney fue candidata al oscar como mejor actriz secundaria pero no lo logró.
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