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TEMPÊTE
INFORMACIÓN
Titulo original: Tempête
Año Producción: 2022
Nacionalidad: Francia
Duración: 110 Minutos
Calificación: No recomendada para menores de 7 años
Género: Drama
Director: Christian Duguay
Guión: Christian Duguay, Christophe Donner, Lilou Fogli. Novela: Christophe Donner
Fotografía: Christophe Graillot
Música: Michel Cusson
FECHA DE ESTRENO
España: 4 Enero 2023
DISTRIBUCIÓN EN ESPAÑA
DeaPlaneta


SINOPSIS

Nacida y criada entre caballos, Zoe lleva una vida feliz impulsada por el sueño de convertirse algún día en jinete como su padre. El caballo preferido de Zoe da a luz a un potro al que llaman Tempestad. Ella será la primera en ver en él al campeón que su familia ha estado esperando siempre pero un accidente la dejará con graves secuelas...

INTÉRPRETES

MÉLANIE LAURENT, PIO MARMAI, CARMEN KASSOVITZ, KACEY MOTTET KLEIN, CAROLE BOUQUET, CHARLIE PAULET, HUGO BECKER, DANNY HUSTON

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ENTREVISTA AL DIRECTOR...
¿Cómo arrancó esta aventura?...
A los productores Maxime Delauney y Romain Rousseau les había gustado DE PADRE A HIJO y por eso pensaron en mí para la adaptación del libro de Chistophe Donner. Se pusieron en contacto con mi agente. Tengo que reconocer que al principio tuve dudas porque me pareció un nuevo proyecto con caballos y niños y no me atrae la idea de que me estén colocando una etiqueta. Pero la novela me gustó, no tanto por su descripción del universo de las carreras de caballos como por su fuerza emocional.

¿Qué estructura narrativa has desarrollado?...
Quería hablar de una familia en busca de una especie de grial con considerables riesgos financieros y de desarraigo, y cuyos anhelos se vienen abajo cuando les golpea la tragedia. Pero la familia aguanta porque se trata ante todo de una película de resiliencia. Si bien el padre, Philippe, es el protagonista de la primera parte, el eje narrativo se desplaza hacia Marie, la madre, a partir del momento en que Zoe se recupera. Lo que nos gustó, a Lilou Fogli y a mí de este planteamiento, y que se alejaba de la novela, era que cada personaje tuviera su lugar y que Marie, que en un momento dado recoge el testigo, fuera un vehículo de emociones. El libro y el cómic nos habían presentado un universo y una pasión, pero decidimos no conservar la parte de la trama relativa a las apuestas hípicas porque lo que yo pretendía era centrarme en el personaje de Zoe, sin por ello traicionar el espíritu de la novela. Además, a Christophe Donner le encantó el guion y tuvo la amabilidad de asesorarnos.

Las relaciones entre los personajes y los caballos son casi orgánicas…
Para mí lo más importante era mostrar que en el universo que explora la película hay un respeto absoluto por el animal: a los caballos, criados en un espíritu de competición, les gusta correr. Se ve que el contacto entre el ser
humano y el caballo puede ser saludable y tener virtudes calmantes y espirituales. Se comunica con nosotros, a su manera, más allá del lenguaje verbal. Este proceso, conducido por Sébastien (interpretado por Kacey Mottet Klein), forma parte del renacer de Zoe y de su camino de resiliencia.

La película entera está marcada por la primera escena -muy poderosa- del “doble nacimiento”...
Esta propuesta estaba en la novela y nos apropiamos de ella por completo. Nos preguntamos si la escena no sería demasiado gráfica, pero estaba convencido de que el resultado podía ser muy hermoso: desde el primer momento se establecen los vínculos entre los personajes y entre los personajes y Bella Intrigante de forma que los espectadores pueden establecer correspondencias más adelante. Se realizó en el primer día del rodaje y los actores estuvieron maravillosos – Pio Marmaï, telúrico, entrañable, real, Mélanie Laurent, auténtica, estremecedora – y gracias a ellos, la escena no parece “interpretada”, sino que es de una autenticidad espectacular. Eso es lo que siempre busco en los actores. De todas formas, la escena exigió una preparación minuciosa y mucha paciencia: tuvimos que filmar tres partos de potros para montar la escena que finalmente se ve en la película.

Como a menudo ocurre en tus películas, los personajes se van construyendo al hilo de las adversidades…
Me gustan las personalidades que se van forjando con las experiencias de la vida: lejos de salir vencidos de los obstáculos, mis personajes se crecen con ellos. En mis primeras películas, JUANA DE ARCO y TRÁFICO HUMANO, así como en las más recientes, DE PADRE A HIJO y UNA BOLSA DE CANICAS, los personajes son lo que son porque van superando las pruebas.

Por momentos parece que la familia va a estallar, pero aguanta contra viento y marea…
Desde luego. Se aprecia en particular en la escena en que Marie, desesperada, le grita a Philippe a la cara “¿Qué nos queda?”, y el estalla y le contesta “¡Nosotros! ¡Nos queda nosotros!”. Es un punto de inflexión en el que se encuentran al borde del precipicio, a punto de caer; pero le hace comprender que no soltarán nada y que superarán esa prueba. Es una escena muy conmovedora, magníficamente interpretada por Mélanie y Pio.

Se plantea la diferencia a través del personaje de Sébastien, del que se adivina el autismo, y del de Zoe, que se ve privada del uso de sus piernas...
Son seres un poco al margen de la sociedad, que, a pesar de su discapacidad, logan trazar su ruta gracias a su resiliencia, a su pasión común y al hecho de que existe un vínculo familiar muy fuerte en el que se percibe que nunca se cuestionará el amor, la fidelidad y el apoyo. No tuve necesidad de explicar el trastorno de Sébastien, que desde luego padece el síndrome de Asperger u otra forma de autismo más leve. Me conmovió profundamente ESPECIALES, que fue mi referencia en la materia y me puse en contacto con la especialista en trastornos de conducta que había colaborado en la película de Olivier Nakache y Eric Toledano para que los ademanes de Sébastien fueran lo más auténticos posible. A veces se paraliza y otras veces es profundamente feliz, igual que tú y que yo. Son estos seres los que nos enseñan que un recorrido de vida es frágil si no está estructurado por una columna vertebral emocional sólida y bien anclada.

Philippe, el padre, es un hombre testarudo, decidido, pero que ama profundamente...
Sí, pero es un hombre que lleva dentro la voluntad de ganar, en el buen sentido de la expresión, y de convertir al caballo en un campeón. Me imaginé que el padre de Philippe era criador de caballos y que éste se emancipó para vivir plenamente su pasión; que se había convertido en “driver” con su propio esfuerzo. Progresivamente se fue dando a conocer en el medio y se encontró con Bella Intrigante, con la que ganó varias competiciones. Hasta el día en que la yegua se hizo un desgarro y tuvo que dejar las carreras. También gracias a Bella Intrigante conoció a Marie, la veterinaria, y por lo tanto la pareja se forja en torno a ella. A partir de ese momento, Bella Intrigante ya no compite, sino que se dedica únicamente a la cría. Marie y Philippe se instalan en Normandía con el proyecto de recuperar un centro ecuestre abandonado y así conciliar el entrenamiento y la cría. Desde el principio Philippe se pregunta si no se habrán equivocado y si la apuesta no será demasiado alta. Marie le responde, con serenidad, que tienen que confiar en ellos mismos. Estos cuestionamientos de las familias sobre si han acertado al escoger sus modos de vida son muy sintomáticos.

Marie acompaña a su hija en su renacer...
Sí, la acompaña dentro del agua, lo cual es profundamente simbólico, y la dulzura que transmite en esos momentos es magnífica. Mélanie me confesó que le encantaba el guion, pero que le tenía mucho miedo al agua. Sin embargo, por la película, estuvo dispuesta a afrontar el reto. Fue una tarea colosal: fue a buscar a los mejores entrenadores. Estaba un poco nerviosa al principio del rodaje, pero la estuve arropando y fueron admirables tanto el trabajo que llevó a cabo para ejecutar las escenas de la piscina, con enorme dulzura, como la magia que rodea a esos momentos.

Las tres jóvenes actrices que interpretan a Zoe en sus distintas edades sorprenden por su autenticidad...
Al inicio elegí a Carmen Kassovitz, que sabía montar a caballo, pero también tenía que encontrar a una actriz de 10 años. Y teniendo a Carmen en la línea de mira, debía contratar a una niña que tuviera un poco su mismo perfil. Necesitaba un punto en común entre las tres niñas. Estuvimos busca que te busca, mi directora de casting, Valérie Espagne y yo, con la consigna, por encima de todo, de no caer en lo trágico: quería a alguien que nos dejara entrar en su desasosiego pero que a la vez fuera tenaz. Cuando encontré a la actriz que buscaba, tuvimos que pulir la escritura de algunas escenas. Gracias a su talento, Charlie Paulet, a sus 12 años, nos hace creer que conoce el medio desde que nació. En cuanto a June Benard, la pequeña de 5 años, su locura y su pasión la hacen absolutamente irresistible.

¿Qué entrenamiento siguieron los actores?...
Pio nunca había conducido un sulky, pero tuvimos la suerte de contar con el legendario Pierre Vercruysse. Pierre fue el coach de Pio: le enseñó a entender a los caballos, a aparejarlos y desaparejarlos, a ensillarlos y desensillarlos; le inició en el manejo de las riendas y en el mantenimiento de las cuadras. El entrenamiento era diario: quería que sus gestos fueran naturales, como automatismos. Hice fotos y vídeos de Pierre y los veíamos juntos para que Pio se impregnara de ellos. Lo realizó prácticamente todo sin doble, y se lanzaba por los circuitos a 60 km/h, ¡que es la velocidad de las carreras en el hipódromo de Vincennes!
Lo mismo hicimos con Carmen. Quería que su parálisis no nos hiciera caer la tragedia: me informé para saber si su discapacidad podía ser parcial. Tras verificarlo con profesionales de la salud, decidimos que sería en parte parapléjica y que, dado que su lesión medular era incompleta, le permitiría aguantar físicamente con la fuerza de sus abdominales. Confeccionamos unas órtesis con las que pudiera estar en suspensión y Carmen tuvo que entrenarse para dar la impresión de que se sostenía con ese dispositivo. Fue un trabajo muy meticuloso para que resultara creíble que podría volver a montar y todo empezaba con la rehabilitación. Cuando, hacia el final, Marie mira por la ventana y ve a su hija a caballo, la emoción es palpable. Opta por guardar el secreto entra las dos.

Has vuelto a trabajar con el gran domador de caballos Mario Luraschi...
Mario Luraschi es un amigo de toda la vida: nos conocemos desde hace cuarenta años. Iniciamos nuestra colaboración para la serie GUILLERMO TELL, antes de volver a encontrarnos para JUANA DE ARCO y DE PADRE A HIJO. Lo que nos une es que ha visto que me muevo en el universo ecuestre desde muy joven, que sé cómo filmar a los caballos. Y yo soy consciente del don particular que tiene para entrenarlos. Además ahora estoy preparando un documental sobre su recorrido. La clave es trabajar con gente que respeta tu trabajo: Mario sabía instintivamente qué momentos de los caballos podían captarse.

Tempestad es uno de los personajes de la película...
Le dimos una personalidad: Tempestad es briosa, tiene temperamento y se la reconoce de lejos por su crin pálida. Nos costó muchísimo dar con el tinte exacto y tuvimos que decolorar las crines de siete u ocho caballos que “interpretarían” a Tempestad. Se percibe una relación muy fuerte entre Zoe y el caballo, pero no quería dar demasiadas explicaciones para así dejar que la emoción fuera el hilo conductor.

¿Dónde se llevó a cabo el rodaje?...
En el centro ecuestre de Senlis y en Normandía, aunque se supone que toda la película se desarrolla en Normandía. Lo que me ayudó mucho fue mi experiencia en DE PADRE A HIJO: la gente sabía que no iba a hacer otra de tantas películas empalagosas sobre caballos y que conocía lo bastante el mundo ecuestre para dar valor a ese universo con autenticidad. Nuestro objetivo siempre fue poner de relieve el amor y el respeto por el animal. Era imposible rodar esta película sin mostrar que el animal tiene importancia en la vida de nuestros personajes y que no es un mero activo financiero. En la película, el animal forma parte integrante de la familia de Zoe.

¿Cómo se han rodado las escenas de las carreras?...
Para empezar, nada habría sido posible sin la inestimable ayuda y contribución de la gente del medio de los caballos trotadores. Empezando por la legendaria familia Levesque, Pierre y su hija, Camille, nuestra asesora Martine Cours, Pierre Vercruysse, nuestro coach. Gracias a ellos pudimos reclutar caballos por toda Francia, así como al conjunto de los equipos del hipódromo de Vincennes y de la finca de Grosbois, por no hablar de los jinetes, los ayudantes y los conductores. En resumen, son más de un centenar de personas las que se implicaron para ayudarnos.
En lo que se refiere al rodaje, era imposible hacer varias tomas: solo se podían usar los caballos durante un tiempo limitado. Al principio de la carrera, durante el calentamiento del caballo, rodaba algunos planos de corte, pero no se le podía pedir a los caballos que volvieran varias veces al circuito: participaban en una primera carrera y después descansaban y, a veces, volvían a disputar una segunda carrera.
Mi director de fotografía iba en un camión de persecución y nos comunicábamos con los jinetes con audífonos. Les decíamos en qué momento estaban listas las cámaras, dábamos una vuelta a la pista, íbamos aumentando la tensión y sabíamos que solo podríamos hacerlo dos o tres veces en una jornada de rodaje. Y es que el respeto por el animal era nuestra prioridad absoluta. Hay que comprender que esos caballos son atletas, que pueden sufrir un desgarro muscular o agotarse. Por eso hay que partir de cero y volver a invertir tiempo y energía con otro caballo. Queríamos que el espectador comprendiera que ese proceso forma parte de la adrenalina y que los caballos tienen el deseo de superarse: estos detalles sutiles eran los que yo quería poner de relieve en las escenas de las carreras.

¿De dónde surge tu interés por operar la cámara y la Steadicam?...
Hace 45 años que me dedico al rodaje y se ha convertido en una prolongación de mí mismo: si me encontrara detrás de un combo, tendría la impresión de dirigirme más a los operadores de cámara que a los actores. Cuando posiciono la cámara, la composición y la luz se imponen de forma natural. El actor, en cambio, se queda conmigo y ya solo hablamos de interpretación y de emoción. Eso me permite controlar esos elementos sin que el actor tenga que preocuparse por si la zona de luz es la adecuada. Lo que me interesa es estar al servicio del actor. Cuando estoy con la Steadicam, es a mí a quien el actor ve, y cuando se acerca la cámara en los momentos de emoción más palpables, el actor sabe que es el director quien maneja la cámara y se adentra en ese espacio vulnerable. Formo parte de ese baile. Si hay que repetir la toma, se hace inmediatamente. Para mí, son los momentos más estimulantes de esta profesión: estar con mis actores y crear un ambiente, captar esos momentos de emoción con ellos, gracias a la cámara, que es testigo, y llevar al espectador al centro de esos momentos de emoción.

¿Cómo has trabajado la luz?...
Pretendía que se percibiera el paso de la estaciones a través de la colorimetría. Como estuvimos tres meses rodando, pudimos mostrar la apertura de las hojas en los árboles y Christophe Graillot, mi director de fotografía, utilizó filtros para acentuar la llegada del otoño o del invierno. A la hora de las localizaciones, respetamos un eje natural para mostrar cómo la luz ilumina el decorado y, en el plató, se hace un ensayo para dar con la luz más bonita. Y también es cuestión de suerte: vimos unos cielos extraordinarios, con el sol naciente que creaba momentos mágicos, y gracias a eso, obtuvimos una luz excepcional. Era especialmente difícil porque rodábamos con niños y solo teníamos cuatro o cinco horas al día para estar con ellos.
Filmamos con una nueva cámara que ofrece gran angulares y poca profundidad de campo: permite controlar el paso del nítido al fuera de foco con distancias focales más amplias, de manera que se incluye al espectador de forma muy envolvente. Entre esta cámara de nueva generación y la elección de filtros de Christophe, controlábamos con gran precisión la captura de imágenes.

¿Qué papel han tenido los efectos visuales?...
Trabajé con Alain Carsoux, que es un gran supervisor de efectos especiales. Gracias a él y a su equipo de la CGEV (Compañía General de los Efectos Visuales), pudimos rodar cómodamente la carrera final sin nieve, y añadirla en posproducción. También así pudimos hacer creer que el centro ecuestre estaba en Normandía, gracias a los planos en los que se ve el mar a lo lejos y que fueron integrados después del rodaje. Son efectos que no se ven, pero que son totalmente realistas. En total, no hay menos de 500 planos trucados en la película y cada uno de ellos contribuye a obtener una complejidad fuera de lo común.

La música acompaña magníficamente a la narración...
Quise obtener un sonido muy específico y fui a buscar a un guitarrista de jazz formidable, Michel Cusson, que ha compuesto numerosas bandas sonoras de películas y que ha trabajado para el espectáculo ecuestre Cavalia. Pensé en él desde el primer momento porque me gusta la pureza sonora de la caja de la guitarra, que otorga una sonoridad específica, con dimensiones emotivas. También trabajamos con el tema musical que transporta sabores de una época. Porque la música tenía que ponerse al servicio de la narración con el fin de crear rimas emocionales a través de la melodía y la textura. No quería caer en el melodrama y Michel me ayudó a ser puntilloso en ese aspecto. En general, el sonido era tan importante como la imagen: había que poder captar la vibración del terreno bajo veinte caballos lanzados, su esfuerzo muscular y su aliento, que también son elementos principales de la ecuación que hace vivir al espectador una experiencia auténtica.


ENTREVISTA A MÉLANIE LAURENT...
¿Qué te interesó de este proyecto?...
El guion me conmovió mucho, me dejé seducir por el casting y por las películas anteriores de Christian Duguay. Además, me gusta la idea de participar de vez en cuando en una película que mis hijos puedan ver y que me permita acercarlos a mi profesión. Así pueden comprender lo que les hago padecer por su culpa (risas). Mi hijo vio la película hace poco y le encantó, lo que me dio mucha alegría.

¿Tenías afinidades con el universo de los caballos?...
¡En realidad no! Es un universo que no conocía en absoluto, pero que me fascina. Sé hasta qué punto los caballos poseen un auténtico poder terapéutico y que la gente que monta a caballo es obsesiva, entusiasta, particular. Fue estupendo trabajar con ellos, en particular con Martine Cours, que fue una de las primeras mujeres jinete. Era la asesora de la película y me ayudó a ir acercándome a los caballos y acariciarlos. Fue hermoso ver a ese animal, tan impresionante, mostrarse tierno y tranquilo en función de mis propias reacciones.

¿Crees que tu personaje representa la voz de la razón?...
Sí, pero lo que me gusta de este personaje es que evoluciona. Al principio da la impresión de ser una madre auxiliar, a la que no se hace mucho caso. Pero me conmovió ver su evolución como mujer que retoma su lugar de madre con el pasar de los años y que comparte una nueva pasión con su hija. Fue muy interesante verla recuperar la complicidad con su hija después de haberla perdido.

No por ello frustra las ambiciones de Philippe…
No frustra ninguna ambición: ninguno de los sueños de su marido le parece sobredimensionado, tiene fuerza y carácter. Cuando el drama los destroza a todos, es fascinante ver la resiliencia de esta mujer que dice con enorme dulzura, “lo vamos a conseguir”, cuando su marido se está hundiendo y ya no logra comunicarse. Finalmente, la pareja funciona porque logra equilibrarse muy bien.

Su vínculo con su hija es de una fuerza inquebrantable…
Nos movíamos siempre en el mismo decorado, pero los niños cambiaban ya que, de un día para otro, trabajábamos con una niña de 12 años o una chica de 17. Nos dejábamos llevar por estas jóvenes actrices que eran maravillosas. Naturalmente, no pienso que haya que ser madre para interpretar a una madre, pero sí creo que algo me pasó al convertirme en madre como actriz, que proyectaba ciertas cosas y que transmitía mi condición de madre con mayor fluidez.

¿Cómo fue el rodaje de la primera secuencia?...
Muy emocionante, porque estábamos interpretando realmente con un animal que hacía lo mismo que nosotros. Nos sentíamos muy próximos a ese caballo: empezamos en la paja, a nivel del suelo, a sentir su hocico y su respiración, y resultaba muy natural. La secuencia se planteó como un plató reducido para una escena de amor y había mucha calma y mucha concentración. Suele decirse que las películas con animales y niños son complejas y, en este caso, se reunían ambos. Pero como teníamos a los caballos y a los niños como prioridad, nos planteamos la secuencia de forma diferente: manteníamos cierta distancia y fue agradable para la concentración.

Parece ser que le tenías miedo al agua. ¿Cómo has logrado superar ese temor?...
¡Lo di todo para conseguirlo! Seguí un entrenamiento intensivo: practiqué tres horas de natación diarias durante tres semanas, practiqué el buceo y hasta la hipnosis. Me resultó muy agradable perfeccionar la natación y fue muy interesante para mí porque se convirtió en una especie de meditación. Pero fue difícil desde el punto de vista físico, ya que aunque me entrenaba con una antigua nadadora profesional, era importante que superara mis miedos, aunque solo fuera para que resultara natural que enseñara ese tipo de cosas a mi hija y para lograr encontrarme a gusto en el agua. Al final, cuando uno se entrena físicamente para una película, siempre hay algo que aflora. Es lo que suelo hacer y el trabajo del cuerpo y el del espíritu van de la mano en un rodaje.

¿Qué vínculo has establecido con las tres jóvenes actrices que interpretan a Zoe?...
Carmen Kassovitz, que interpreta a la mayor, tenía algo de joven actriz que arranca, que quiere hacerlo bien, con una energía increíble. Me impresionaba mucho porque monta muy bien a caballo. Todo eso me afectaba enormemente porque yo empecé muy joven y cuando veo a jóvenes actrices interpretando un papel tan bonito, me dan ganas de estar ahí para ellas de una manera diferente. Me recuerda a las actrices que venían a verme con amabilidad y que me apoyaban en mis inicios. Además me reencontré con Carole Bouquet, que a su vez me orientó en UN PUENTE ENTRE DOS ORILLAS cuando yo tenía 14 años. Estuvimos hablando de un montón de recuerdo y fue estupendo.

Háblame de tu relación con Pio Marmaï...
Creo que Pio y nos planteamos la profesión de la misma manera. Somos muy instintivos y no necesitamos imaginar un recorrido para nuestros personajes. Todo ocurre en el momento y creo que eso es algo que se percibe: me sentía fuerte interpretando con él y tenía la impresión de que a su lado encontraba a mi personaje. Hacía tiempo que no había sentido una osmosis tan clara y tuve una grata sorpresa al ver la película porque pensé que “fluía”, daba la impresión de que formábamos una pareja que se conoce desde hace tiempo – en las miradas, en la manera de tocarnos, en la complicidad a través del humor. Cuando uno se encuentra con un actor que tiene el mismo enfoque de la profesión, se nota.

¿Cómo dirige a sus actores Christian Duguay?...
Se adapta a los actores franceses y a sus métodos y tiene una energía americana, una energía de cineasta que sabe lo que tiene en la cabeza y que vibra con sus planos. Lo peor es estar en un plató con un director que no tiene ganas de estar allí. Un director entusiasta que tiene ganas de contar sus planos y que viene a enseñarte trozos del montaje, es fabuloso. Y es bastante poco frecuente encontrar a gente que tiene ganas de hacer cine hasta ese punto. Tiene la energía de los directores americanos y la parte buena de los franceses, que dan mucha libertad a los actores.

¿Tu faceta de directora te ha hecho fijarte especialmente en su trabajo?...
Sí, por supuesto, también percibo las cosas como directora. Sobre todo ahora que me dedico más a ello que a la interpretación. Tengo el ojo puesto en la dirección. Me apasiona tanto, que al trabajar con un director igualmente entusiasta, le observo con ojos codiciosos. Siempre es muy inspirador.


ENTREVISTA A PIO MARMAÏ...
¿Qué es lo que te interesó de este proyecto?...
No es el tipo de proyecto que suelen proponerme. Hasta ahora he rodado muy pocas películas de aventuras, épicas y familiares que requieran mucha preparación física, y ese desafío me sedujo. También me atrajo la historia en sus dimensiones familiar y temporal, ya que se extiende a lo largo de 18 años. La mezcla entre la dimensión espectacular y la intimidad de una familia tiene algo que me pareció interesante.

¿Te gustan los caballos?...
De adolescente hacía acrobacias, lo cual es distinto a la equitación. Pero luego dejé de montar a caballo y no volví a interesarme por las competiciones ecuestres. Me alejé de ese universo y ahora me he acercado a las carreras de caballos con auténtica curiosidad y con mirada de neófito, y los entrenamientos me resultaron apasionantes. El trabajo con los caballos ha sido un descubrimiento fantástico.

¿Qué te pareció el guion?...
En la época en la que leí el guion, iba a tener un hijo y por lo tanto me afectaba muy directamente y me emocionó profundamente su lado sentimental. Además, es excitante para un actor la idea de trabajar con un fresco histórico: es a la vez un desafío físico y un trabajo de adaptación, porque se trata de crear un vínculo con tres actrices de distintas edades.

¿Puede considerarse que tu personaje es un emprendedor, alguien que persigue sus sueños hasta el final?...
Sí, es un radical. Es discreto, un poco callado y le anima una dinámica emprendedora que le permite avanzar independientemente de los acontecimientos a los que se enfrenta. Le caracteriza una gran fuerza en la adversidad y su historia me llega muy hondo. No me gustan los fanfarrones, pero sí esas persona púdicas, en movimiento permanente, que no se dejan abatir por los avatares de la vida.

¿Por qué se asocia con el inversor americano?...
No se trata de una renuncia, sino de una gestión activa, ya que se encuentra en un momento de su existencia en el que hay que correr riesgos y encontrar los medios para hacerlo. Por lo tanto, está dispuesto a asociarse con un hombre distinto a él y a esforzarse mucho con tal de poder desarrollar su centro ecuestre. Esa capacidad de adaptación queda patente en la escena en la que le pregunta si le gusta la equitación. Sus objetivos, su pugnacidad y su asunción de riesgos le hacen profundamente humano.

¿Es consciente, en algún momento, de que está perdiendo el norte?...
Se da cuenta cuando se enfada con Tempestad e inicia una relación violenta con Seb. Se enfrenta a unas dificultades y a unos acontecimientos que le llevan hasta el límite del agotamiento y del dolor que puede soportar un ser humano. Se encuentra en la cuerda floja como un funambulista y, personalmente, ignoro como reaccionaría yo en una situación como la suya.

La pareja que forma con Mélanie Laurent también se caracteriza por la resiliencia...
La cuestión de la resiliencia sale mucho en esta película, que se pregunta además sobre esta dinámica de seguir adelante cueste lo que cueste. Esto también lo sugiere en paralelo la disciplina ecuestre. La calidad del guion nos proporcionó mucho material para nutrir a nuestros personajes. La relación entre mi personaje y el de Mélanie era sencilla, evidente, auténtica. Nunca, durante el rodaje, que fue bastante largo, cuestionamos la veracidad de nuestra célula familiar, ni nos planteamos tomar otra dirección.

¿Tu personaje se siente culpable del accidente de su hija?...
El accidente es un acontecimiento violento, pero no creo que mi personaje sienta culpabilidad. Se sitúa dentro de una resiliencia y una dinámica de superación tales que no hay lugar para una culpabilidad que resultaría destructiva. Además, me admira bastante la manera en la que la pareja consigue superar crisis tan duras: la discapacidad de una hija, la pérdida del centro ecuestre. Pero en ningún momento de la película se cae en el patetismo; no hay ninguna escena explicativa, los personajes no se hunden, no se quejan. Hay cierta nostalgia y, sobre todo, una enorme y elocuente dignidad, que me encanta interpretar.

¿Tuviste que entrenar para el papel?...
Me entrené con Pierre Vercruysse, que ha sido dos veces vicecampeón del mundo. También ganó el Grand Prix de América y tiene caballos. Las carreras que vemos en nuestras pantallas no enseñan nada sobre ese mundo singular: los caballos formados para las carreras no están corriendo todo el día, ¡pero son como Ferraris! Me estuve formando y entrenando durante dos meses en un centro muy grande cerca de Vincennes que tiene 1.500 caballos. Primero en un carro y luego solo, hasta el día del Grand Prix de América. Rodé sin usar doble, extremadamente concentrado, hasta el punto de olvidar que me estaban filmando. Era un poco como una cascada; era estimulante pero también peligroso, ya que con doce equipos, con los sulkys corriendo a 50km/h, podrían haberme atropellado. La formación también me otorgó legitimidad para mi papel como gerente de un centro ecuestre y a la hora de utilizar los términos técnicos. Practico muchos deportes mecánicos, pero hacer correr a los caballos no tiene nada que ver y conlleva muchas exigencias, de humildad y de saber escuchar al caballo.

En todo momento creemos en la pareja que forma con Mélanie Laurent. Háblame de cómo os habéis llevado en el plató...
Hay que confiar en el compañero para que se cree un vínculo de intimidad, algo que es difícil de forzar. Mélanie y yo confiamos el uno en el otro y la
violencia de los acontecimientos a los que teníamos que enfrentarnos nos ayudó a crear la intimidad y la veracidad de nuestra pareja, mezclando momentos de apoyo, de abandono y de bronca. Nuestro binomio funcionó bien.

¿Y con las jóvenes actrices que interpretaron a su hija?...
Para empezar quiero poner de manifiesto que las actrices no solo se parecen físicamente, sino también en la construcción del personaje. La primera Zoe, que tenía cinco años en el momento del rodaje, desplegaba una energía y una curiosidad extraordinarias que ayudaron a ocultar algunos momentos de desconcentración propios de su edad. La segunda Zoe, Charlie Paulet, que es la que más tiempo está en pantalla, es una adolescente que ya cuenta con una densidad y una disponibilidad emocionales sorprendentes. Interpreta con una fidelidad increíble la pérdida del uso de sus piernas sin caer nunca en el patetismo; nunca percibí en su interpretación los 25 años que nos separan. A la tercera Zoe la interpreta Carmen Kassovitz y a ella le tocaron los momentos más felices de la narración de la película, en los que el padre y la hija vuelven a descubrirse, montan juntos a caballo comparten momentos épicos y ecuestres. Las tres Zoe narran tres periodos extremadamente singulares que se articulan perfectamente.

¿En qué resulta singular la dirección de actores de Christian Duguay?...
Trabajar con Christian, que también opera la cámara, ha sido genial. Rodar con animales exige una calma mayúscula, y sin embargo insufló una energía impresionante durante todo el rodaje. Sin tiempos muertos, su ritmo de trabajo fue de una eficacia alucinante. Su capacidad para acompañar a los actores y manejar a los animales generó una escucha muy atenta y la humildad necesaria. No sé cómo ha podido lograr el resultado final a pesar de todas las dificultades y de la amplitud del rodaje. El caso es que estoy impresionado. Su aliento impregnó todo el rodaje y está presente en toda la película.

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