
VENTA (24 Noviembre 10). Juan, funcionario de prisiones, se presenta en su nuevo destino un día antes de suincorporación oficial. Allí, sufre un accidente minutos antes de que se desencadeneun motín en el sector de los FIES, los presos más temidos y peligrosos.Sus compañeros no pueden más que velar por sus propias vidas y abandonan a susuerte el cuerpo desmayado de Juan en la Celda 211. Al despertar, Juan comprendesu situación y se hace pasar por un preso más de los amotinados. A partir de esemomento, nuestro protagonista tendrá que jugársela a base de astucia, mentiras yriesgo, sin saber todavía qué paradójica encerrona le ha preparado el destino. Dirigida por DANIEL MONZÓN e interpretada por LUIS TOSAR, ALBERTO AMANN y ANTONIO RESINES.
NOTAS DEL DIRECTOR
Cuando “Celda 211” cayó en mis manos, me la leí de un tirón y supe que quería llevarla a la pantalla. La novela tenía un contundente punto de partida, un universo poderoso, reconocible y humano y estaba construida sobre una tensión asfixiante con algunos giros memorables. Como película, constituía un reto narrativo de
primer orden, dejaba poco margen a otra cosa que no fuera despojar la puesta en escena de artificio y poner la cámara al servicio de los personajes. Había por tanto que conseguir un reparto a prueba de bombas. A película terminada, me es difícil imaginar actores más sólidos y adecuados. Empezando por el dúo protagonista, la banda de presos, el grupo de funcionarios y cada uno de los figurantes entregados en cuerpo y alma a esta aventura.
Por mucho que “Celda 211” fuera ficción, el primer paso para recrear una historia
ambientada en la supuesta realidad de la cárcel era conocer lo que escondía ese mundo tan cercano a todos nosotros y a la vez tan remoto. A la hora de escribir el guión, Jorge Guerricaechevarría y yo teníamos que saber de lo que hablábamos, incluso para saber dónde mentíamos. Durante el año que nos llevó la escritura, conversamos, visitamos, vivimos y respiramos cuanto pudimos con presos, parientes de presos, funcionarios y educadores cuyo día a día era la cárcel. Todos nos abrieron su mundo con una
hospitalidad tan sorprendente como comprensible. Cuando uno vive entre cuatro paredes alejadas del mundo, significa un alivio comunicarse con el exterior… Nos dimos cuenta de que el universo cerrado de la cárcel reflejaba en esencia la misma sociedad que lo genera, aunque de forma condensada. Como nos dijo un preso en la cárcel de Valdemoro, “el mundo de aquí dentro es exactamente igual que el de fuera, sólo que en mp3”. Y casi sin pretenderlo, a partir de nuestras visitas carcelarias –hablar de “inmersión” sería insultante para cualquiera que haya pasado una sola noche ahí dentro- nuestra versión de la historia iba cobrando cierta calidad de parábola…
La primera intuición que tuve sobre el estilo de esta película es que debía ser cercano al de un documental. El proceso
de desarrollo del guión me confirmó esa idea. Esta historia sólo cobraría su fuerza si se recreaba desde una ilusión de autenticidad. Debía ser rodada con el brío de un motín, cámara en mano y en un espacio real, teníamos que encontrar una cárcel cuya energía se nos metiera a todos en los huesos. Gracias a Instituciones Penitenciarias, tuvimos a nuestra disposición un penal cerrado desde hacía doce
años que el equipo artístico estuvo devolviendo a la vida durante meses de desescombro y reconstrucción.
Paseando por las galerías, patios, celdas y recovecos de la prisión provincial de Zamora, el guión se iba adaptando como un camaleón a los espacios; la disposición de las rejas, las escaleras, los muros, la forma de las celdas nos iban dictando cada uno de los encuadres, y el poder que destilaba el lugar casi les hablaba a los actores de cuáles debían ser sus actitudes y movimientos. A veces parecía que era la propia cárcel la que exigía la puesta en escena, reescribía el ritmo de las secuencias, indicaba con voz muy clara cada emplazamiento de cámara… Evité echar mano de ideas preconcebidas, prescindí de story
board y huí de una planificación rígida. Todos nos dejamos llevar por la energía del lugar, y por las presencias de unos extras que, tal y como la película requería, en más de un caso habían sido reclusos de esa misma cárcel y, en otros, aún lo eran
de tercer grado. Toda esta experiencia no fue dura, claustrofóbica o irrespirable, más bien todo lo contrario, un tiempo creativo y estimulante.
Más que una película de género, “Celda 211” es una tragedia en toda regla. En el sentido más clásico. La tragedia que cualquiera de nosotros viviría en una situación tan extrema como la que sufre Juan Oliver. Una historia del fatum, “de lo que es inexorable”, de cómo girar una esquina en lugar de otra puede cambiar tu vida para siempre. Aunque el corazón de esta “Celda 211” es la relación de amistad al borde del precipicio entre Juan y Malamadre, dos hombres que no podrían habitar puntos más alejados de la existencia, pero que el giro del destino hermana en apenas un puñado de horas. Y les golpea como un huracán. Juan descubre que estar en un lado o el opuesto no es tanto una
elección moral como una mera conjunción de circunstancias. Y que todo es relativo, el hecho de haber matado no está reñido con la integridad, y actuar como un guardián de la ley no está reñido con ser un hijo de perra. El viaje de Juan lo hace el espectador. Y el motivo por el que conmueve es porque hurga en una llaga que
duele como pocas, la que nos habla de la fragilidad, de que en la vida pendes de un hilo.
Referencias visuales
Celda 211 es una historia que se desarrolla en la época actual y que está ubicada prácticamente en una única localización: una cárcel. La historia podría suceder en cualquier punto del estado Español. El centro penitenciario tiene un gran protagonismo y potencia la crudeza y la ferocidad que se respira en la cárcel. La cárcel está situada a las afueras de la ciudad. Es un lugar con una gran presencia, un edificio grande, de piedra y con altos muros. Los planos exteriores de este espacio son más
estables y luminosos, sin embargo, mantienen la frialdad que se vive en el interior, siempre reflejando el aislamiento y la soledad que viven los presos.El interior de la cárcel es un lugar decadente, sucio, opresivo, oscuro, frío… Este ambiente se ve aún más marcado por las obras que se están llevando a cabo en algunos módulos.También encontramos diferencias entre los distintos módulos. La Celda en la que vive Juan, la 211, está situada en uno de los más sórdidos. Las celdas
están situadas a lo largo de interminables pasillos y en diferentes pisos. De esta forma, el protagonista se ve continuamente vigilado por el resto de los presos. Las celdas son pequeñas y agobiantes. Su interior está sucio y vacío. Es un lugar incómodo e inseguro, ya que debido al motín, los presos pasarán de una celda a otra. El espacio potencia los sentimientos de Juan, que siente miedo e impotencia al no poder salir de allí.
Reparto y personajes
LUIS TOSAR es MALAMADRE
Desde que Jorge Guerricaechevarría y yo nos pusimos a escribir el guión de “Celda 211” tuvimos claro que Luís Tosar debía ser Malamadre. Lo escribimos con él en mente; los diálogos, cada matiz del personaje se nos hacía creíble pensando en que Luís sería quien lo interpretase. Nuestro problema era que él no tenía ni la menor idea de nuestras intenciones... Afortunadamente, Luís leyó el guión y contestó muy rápido. Le entusiasmaba la idea de meterse en la piel de este Long John Silver de la cárcel española. Mi primer encuentro con él en un conocido café madrileño se convirtió en una apasionada charla hasta entrada la noche en la que ambos nos dimos cuenta de que íbamos a vivir una experiencia intensa de la mano de este personaje brutal, duro, aterrador, sí, pero también poseedor de una humanidad y nobleza que muchos de los que estarían dispuestos a juzgarle posiblemente carecerían… Leímos diarios de presos, nos entrevistamos con funcionarios, visitamos cárceles y hablamos con presidiarios en situaciones muy cercanas a las de Malamadre. Y Luís le fue calando el alma a este hombre salvaje para quien lo cotidiano es vivir en medio de la más pura psicosis. Luego, los elementos externos de composición se fueron sumando, la voz, los andares, la complexión, la presencia, el vestuario, la fulminante mirada…
ALBERTO AMMANN es JUAN OLIVER, “CALZONES”
Un problema no menos delicado era encontrar un actor capaz de encarnar a Juan Oliver, el hombre bueno que se ve encerrado sin comerlo ni beberlo en una situación de una tensión excepcional y que descubre cosas de sí mismo que nunca hubiera sospechado. Alguien con quien el público tenía que identificarse desde un principio, reconocerse en esa persona normal atrapada en un furioso mundo de locos… Debía ser un actor desconocido, que no arrastrara consigo un bagaje de otras películas que le restara credibilidad. La idea era situar al espectador ante su aparición en el mismo punto que los presos: ¿de dónde demonios sale este tipo? Pero encontrar un actor desconocido, un recién llegado que no sólo pudiera aguantar la continuada presencia de un monstruo –dicho con todo el cariño- como Luís Tosar, sino que fuera capaz de encarnar con convicción la insólita metamorfosis que el personaje de Juan practica a lo largo de la trama, era una labor quimérica. Trabajando con las directoras de casting Eva Leira y Yolanda Serrano, y, tras meses y meses de pruebas, justo cuando comenzamos a creer que nunca encontraríamos a nuestro Calzones, apareció Alberto. Y su trabajo en la película habla por sí solo. Lo suyo, más que de “revelación” habría que calificarlo de “consagración”. Alberto Ammann ha llegado para quedarse.
MARTA ETURA es ELENA
Lo que hace Marta Etura en la película es un tipo de reto –construir una presencia poderosa a partir de elementos muy
pequeños y sutiles- que muchos actores prefieren no intentar. No fue su caso. No en vano es una de las actrices más valientes y llenas de verdad de nuestro cine y estuvo encantada desde un principio de lanzarse a la complicada labor de dar carne a Elena -el motor que guía los pasos y el destino del protagonista-, a partir de un puñado de breves pero decisivas apariciones diseminadas a lo largo de la película de manera casi impresionista. Marta sabía que su personaje en la historia era tan decisivo como corto su tiempo en pantalla. Y era fundamental conseguir que el universo de pareja de Juan y Elena llegara al espectador directamente al corazón, cargado de ternura, de veracidad cotidiana pero sin caer nunca en la sensiblería. La dulzura y belleza natural de Marta consiguen desde el primer instante que nos enamoremos de Elena pero su complicidad con Alberto, el sincero juego que ambos establecen es lo que conmueve tan profundamente.
ANTONIO RESINES es UTRILLA
Antonio Resines es uno de los grandes de nuestro cine. En comedia es eso que llaman “un natural”, un hombre que tiene el don de darle credibilidad a todo lo que dice en la pantalla, sea ésta grande, pequeña o de un cineExin. Es quizá por ello por lo que hay quien a veces confunde su persona con la de sus personajes. Pero cuando Antonio aborda el drama, ahí ya no hay confusión posible. Y lo hace desde el coraje y ese tipo de sabiduría que sólo le confieren a uno muchas películas a las espaldas. La capacidad de riesgo de Resines es admirable. Que aceptase –encantado- interpretar un personaje tan poco dado a ser querido por el público como Utrilla justo después de su archipopular papel en “Los Serrano” dice mucho de su espíritu iconoclasta y de su insobornable calidad como actor. Y cuando Resines se lanza a la piscina, lo hace sin red. Fue él mismo quien propuso aparecer más envejecido de lo habitual, con ese bigote cano y un rapado a cuchillo que ya es toda una declaración de intenciones. Y el retrato duro, sobrio, que plantea del personaje no busca la simpatía pero tampoco se olvida de dibujarlo como un ser humano, alejándolo de tópicos y villanos de una sola una pieza.
CARLOS BARDEM es APACHE
Bromea Carlos Bardem cuando dice que él no es un actor sino un imitador de acentos. Desde luego, en lo segundo es
un mago pero “Celda 211” demuestra que también sabe hacer magia con lo primero. Su encarnación de Apache, el sinuoso y shakespeariano Yago de esta historia, es de las que ponen los pelos de punta. Dotado de una presencia más que poderosa, Bardem juega con ella sin cortapisas, potenciándola todo lo que sea necesario para helarle la sangre al personaje de Calzones y, de paso, al espectador. Su mirada sostenida y esa sonrisa venenosa de dientes con fundas de oro contribuyen a hacer más terrorífica la ya de por sí temible galería de los FIES. Lo de su acento colombiano también es algo ante lo que quitarse el sombrero. Estuvimos trabajando con un preso de Colombia en la adaptación del texto y Carlos pasó un tiempo con él en la cárcel para tomar notas y absorber no sólo la musicalidad de su habla sino las maneras y el comportamiento. Bromeaba también Carlos con aquello que se suele leer en los créditos de las películas, que incluyen siempre al coach de acento, ese tipo que ayuda durante el rodaje al actor que trabaja en otro idioma. En este caso él fue su propio coach. Y el resultado es impecable.




























































