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Etiquetas: DramaEspañaEstreno/2019Oliver Laxe
LO QUE ARDE
INFORM MACIÓN
Titulo original: O Que Arde
Año Producción: 2019
Nacionalidad: España, Francia, Luxemburgo
Duración: 00 Minutos
Calificación: No recomendada para menores de años
Género: Drama
Director: Oliver Laxe
Guión: Santiago Fillol, Oliver Laxe
Fotografía: Mauro Herc
Música:
FECHA DE ESTRENO
España: 11 Octubre 2019
DISTRIBUCIÓN EN ESPAÑA
Numax distribución


SINOPSIS

Amador regresa a casa tras haber cumplido condena por un delito de incendio. Allí, en una aldea perdida de la Serra dos Ancares lucense, volverá a convivir con su madre Benedicta, su perra Luna y sus tres vacas...

INTÉRPRETES

AMADOR ARIAS, BENEDICTA SÁNCHEZ, INAZIO ABRAO, ELENA FERNÁNDEZ, DAVID DE POSO, ÁLVARO DE BAZAL

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Festivales y premiosPREMIOS Y FESTIVALES

- Festival de Cannes 2019: Un Centain regard Premio del Jurado

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NOTAS DEL DIRECTOR...
   Galicia es una de las regiones con mayor número de incendios forestales de Europa. Es un tierra extremadamente fértil, en la que la flora crece y crece sin parar. Si a la presencia de tanto combustible le sumamos los cada vez más imprevisibles comportamientos del tiempo motivados por el cambio climático, las crecientes sequías y la hemorragia demográfica del rural, el resultado de dicha ecuación hace del campo gallego un auténtico polvorín.
  Muchos de estos incendios son causados por rayos o por diferentes tipos de negligencias azarosas, como por ejemplo el fuego que escapa al control de los campesinos cuando lo utilizan para limpiar el campo o regenerar la tierra. Pero una buena parte de estos son provocados: el fuego que fascina, el fuego que se utiliza como arma de venganza política, el fuego que recalifica el uso de los terrenos, el que hace bajar los precios de la madera, el que procura cada año a algunos políticos contratos astronómicos, el que prolonga los meses de trabajo del servicio de extinción...
  Asistimos pues todos atónitos a la destrucción despiadada de nuestro patrimonio.
Y la opinión pública busca culpables, quiere sangre. No cabe duda que la figura del incendiario es a día de hoy una de las más demonizadas. Y es normal que así sea. Pero es una figura demasiado abstracta, misteriosa, mal llamada «pirómano»: un saco en el que se incluyen a todos los malechores del fuego.
  Yo participo de esa rabia colectiva. Pero al mismo tiempo hay algo que me interpela cuando veo que toda una sociedad se pone de acuerdo en contra de un individuo, un individuo que carga con la responsabilidad de toda una sociedad entera. Y esa sospecha se acentúa sobremanera cuando veo además que se da sobre el ya de por sí mancillado campesinado, en el que recaen todas las culpas. Creo que en la cuestión del fuego somos todos un poco culpables, por haber creído y participado en la religión de las ciudades, por nuestra propia responsabilidad en el atrofiamiento y desmantelamiento de los campos.
  He hecho una película sobre un hombre, Amador Coro, del que sabemos desde la segunda secuencia que ha sido condenado por provocar un incendio. Pero, ¿es Amador culpable? ¿Se reconciliará con el mundo o la naturaleza? ¿Es un reincidente sin remedio? ¿O es en realidad inocente? Nos hacemos algunas de estas preguntas al principio de la película, pero poco a poco las dialécticas se desvanecen.
  Desaparecen a medida que compartimos el día a día de Amador y su madre Benedicta con sus animales, al sentir cómo cuidan dulcemente los unos de los otros, cómo afrontan los rigores del clima mientras atraviesan los pronunciados valles, cómo secan luego sus ropas y sus pies ante la cocina de leña mientras la persistente lluvia golpetea sobre sus cabezas... Queríamos que llegado cierto momento de la película la empatía se instalara y las preguntas se disolvieran, que llegáramos incluso a querer a Amador. Llegar a sentir su profunda inadaptación, su sufrimiento contenido, su cicatriz espiritual... una cicatriz que es la que tenemos todos. «Si hacen sufrir es porque sufren», dirá Benedicta frente a los «culpables» eucaliptos. Todos somos culpables, porque siempre podemos hacer algo más por cambiar las cosas, por proteger las cosas. Pero al mismo tiempo todos somos inocentes, porque el mundo es extremadamente complejo, y cada uno de nosotros hace lo que puede en esta espiral de sufrimientos que todos alimentamos.
  Si estuviese en lo cierto y fuésemos todos culpables y, por lo tanto, inocentes,  ¿tiene todavía importancia saber si Amador es culpable o inocente?  

  Nací en París, soy hijo de gallegos que se conocieron en aquellos bailes de emigrantes que se celebraban en la Sala Bataclán. El primer recuerdo que tengo de las montañas de Os Ancares se remonta a cuando tenía unos cuatro o cinco años. Al igual que la mayoría de emigrantes cada verano volvíamos a España. Mi abuelo nos esperaba junto a su burro para llevar nuestro equipaje a su casa, situada al final de un largo camino de cabras.  
  Accedíamos entonces a otro mundo, al corazón de las montañas, allí donde algunas gentes todavía vivían en una digna y soberana sumisión a los elementos. En una humilde aceptación de la naturaleza de la que dependían, la misma que les recordaba constantemente que su existencia era efímera.
  Las actitudes y valores de mis abuelos me han marcado para siempre, me hicieron cineasta. Viví en Galicia desde los seis a los veinte años, luego
pasé por Barcelona y Londres y a continuación me instalé en Marruecos durante diez años. Pero este valle perdido de Galicia ha sido siempre mi verdadero hogar, mi raíz. Allí hemos filmado esta película, junto a mis vecinos y mi familia.
  Galicia y Os Ancares están hechos de contrastes: son dulces y ásperos, lluviosos y luminosos. Es ante todo una tierra misteriosa, paradójica, contradictoria... He querido capturar su belleza, una belleza intensa e imprevisible que no conoce mesura. 

  En cada una de mis películas es el encuentro con las personas reales lo que me proporciona una gran parte del deseo de filmar, de que mis personajes sean encarnados. Sucedía con Shakib Ben Omar en Todos vós sodes capitáns y en Mimosas, sucede ahora con Amador Arias en Lo que arde.
  Amador, que curiosamente ha sido guarda forestal en la vida real, interpreta a uno de los arquetipos más respondidos del rural español: el hijo varón soltero. Amador Arias interpreta al propio Amador. El nombre de mi personaje era en un principio otro, pero me ha parecido un interesante signo su verdadero nombre. Visto por la mayoría de la gente como el que destruye, puede que en el fondo Amador sea el que más ama de todos.
  Hay una verdad conmovedora en la mirada melancólica de Amador, en sus hombros caídos. Una mezcla de belleza y sufrimiento. Una persona sensible y frágil, pero que no posee las herramientas necesarias para vivir en este mundo, tan duro con la fragilidad. La locura del mundo y el sufrimiento de la naturaleza parecen encontrar en este hombre una válvula de escape. El fuego purifica, sí. Y hay hombres mártires, auténticas figuras expiatorias, que también purifican a la comunidad a la que pertenecen.

 Cuando Amador sale de prisión y se dirige directamente a casa de su madre, ella levanta la cabeza y le pregunta, «¿Tienes hambre?», como si no acabase de salir de la cárcel, como si hubiese estado allí sentado el día anterior, silencioso junto a la lumbre.
  El amor de Benedicta por Amador no tiene límites. Culpable o no, Amador es su hijo, y eso es lo que importa.
Al igual que con Amador, he querido conservar su verdadero nombre. Benedicta ha sido a su manera una bendición para nuestra película.
  Esta mujer tiene ahora mismo 85 años... Tenían que verla caminar por el monte como una adolescente...
Le ha dado igual ensayar o filmar bajo la lluvia durante horas. Ha sido una profesional infatigable.
  Esta fue la primera experiencia de Benedicta y Amador como actores de cine. Siempre se da una relación compleja entre persona y personaje.
Si el Amador de la película se alinea con el Amador de la vida real, la Benedicta de la película es sin embargo algo diferente. Ella es en realidad mucho más enérgica. Habla todo el rato, es el centro de atención. ¡No para! Y yo temía que su intensidad llevase a una conclusión apresurada y reduccionista: que Benedicta fuese la madre castradora y Amador el niño aplastado. Quería evitar a toda costa este tipo de lecturas psicológicas un poco superficiales a las que a veces nos invita el cine, más relacionadas con la personalidad y el ego de los personajes que con su esencia. Esquivar la personalidad de Benedicta nos permitió precisamente aproximarnos a algo más esencial en ella misma y por lo tanto en el propio espectador.

  Quería que Lo que arde fuese un melodrama seco, de lágrimas contenidas. En términos de escritura, he querido desplegar una emocionalidad depurada, reducida al hueso.
  Ello tenía que concordar con la austeridad de los decorados y del invierno con el que arrancamos la película. Contener las emociones al principio de la película, retenerlas al máximo, para que con el verano empezasen a desplegarse éstas poco a poco hasta que terminasen por estallar con el fuego.

  En la escena de apertura de la película, enormes máquinas destruyen eucaliptos de par en par, despiadadamente, como si estuviesen cortando el césped. De repente las máquinas se paran frente a un enorme eucalipto centenario, puede que sobrecogidas por su nobleza, con respeto o miedo. Puede que la naturaleza responda aquí a la mirada de los hombres, devolviéndolos a su pequeñez, cuestionándolos. Sé que algunos espectadores me van a preguntar qué representan esos bulldozers. Para mi ya no son bulldozers, son otra cosa. Es una secuencia que invita a sentir y no tanto a pensar. Recoge fielmente la energía con la que se ha hecho esta película, el dolor y la rabia que me provoca la decrepitud del rural. Lo que arde muestra los últimos vestigios de un mundo en vías de desaparición, es un réquiem a la Galicia rural, a la España rural.
  Esta secuencia de apertura del eucalipto y las finales del fuego son dos movimientos sinfónicos que encarnan a la naturaleza en su agonía y lo que yo siento ante esta agonía.
  El eucalipto es un árbol considerado por alguna gente en Galicia como pernicioso y nocivo, un invasor. Seca la tierra e impide el crecimiento de fauna y flora locales. Y no les falta razón. Pero al igual que Amador tampoco tiene toda la culpa, también puede ser bello cuando se le permite crecer. He tenido que estilizar mi rabia y mi dolor para hacer esta película.
  El mundo es como es, es justo en su injusticia, perfecto en su imperfección. Tenía que ser así...

  Su mirada profunda y tierna nos escruta, interroga nuestra humanidad. Son el médium entre lo profano y lo sagrado, entre la realidad y la ficción.
Las miradas de la perra Luna, las vacas, las cabras, el caballo quemado... nos invitan a cambiar nuestra propia mirada, a estar más en el corazón.

  El espacio que existe entre un violín y su estuche es muy pequeño. El instrumento apenas puede moverse, pero algo se mueve.
Muy poco. Oí a alguien decir que el nivel de voluntad del ser humano, su capacidad de toma de decisiones, no era mayor que ese pequeño margen de espacio entre estuche y violín. De la misma manera, pareciera que Amador apenas tuviera otra opción que aceptar un destino que lo supera.
  Como si Amador fuera un pasajero que viaja por unas vías de tren de las que no se puede desviar. Pareciera que lo único que Amador pudiera decidir, y todo ello dependiendo de su nivel de aceptación, es si viaja en primera, en segunda o en tercera clase. Yo creo que Amador viaja en primera clase, su alma está libre.
  El ser humano es pequeño, sometido a una naturaleza inmensa, imprevisible e ingobernable. Pero en esta película lo humano no se confronta con la naturaleza, no la desafía, no intenta dominarla. Se disuelve en ella. Acepta su rol, como Amador, Benedicta y sus animales aceptan los suyos. Son soberanos y libres en su sumisión al mundo.

  Para filmar el fuego hay que filmar con fuego, «jugar con fuego». Hemos tenido que seguir la formación física y teórica que realizan los bomberos. Filmamos un primer verano con un equipo de rodaje reducido, sin actores, para comprobar si era posible hacer esta película.
  No sabíamos si el celuloide (grabamos en Super 16) aguantaría el calor, si los objetivos se fundirían... Si los bomberos nos permitirían acompañarlos. Esperábamos en un 4X4 espiando las emisoras de los jefes de extinción, así durante dos semanas. A la menor alerta de fuego salíamos a la caza de brigadas de bomberos y empezábamos a filmarlos. Poco a poco nos ganamos su confianza y respeto.
  Luego llegó el invierno. Filmamos su sobriedad, las ásperas condiciones de vida que mostramos al comienzo de la película.
Los gestos son lentos, entumecidos por el frío. Las miradas son escasas, miradas al suelo. Amador está de vuelta, pasea sus tormentos por los caminos encharcados, bajo los cargados cielos gallegos. El invierno de Galicia es el invierno de Amador, su refugio.
  Pasamos de la contracción a la dilatación, que llega poco a poco con la primavera.
Los cuerpos se desentumecen, los animales se liberan a la luz, la flora se despliega prolíficamente. Amador corre por los flancos de las montañas en auxilio de sus animales.
  El tiempo y las estaciones se han sucedido y podríamos también esperar una redención posible para Amador, un alivio próximo.
El verano siguiente nos disponemos a repetir la experiencia, esta vez ya con nuestros actores: dos jóvenes bomberos que realizan su bautismo de fuego, los vecinos que intentan proteger sus casas frente a las llamas que se aproximan... Pero 2018 fue uno de los veranos más lluviosos de la historia de Galicia, apenas hubo incendios forestales. Queríamos hacer una película sobre la aceptación y la sumisión de unos campesinos, esa fe implícita en el mundo. Y como siempre sucede en estos rodajes excesivos a los que me enfrento fue el propio mundo el que nos impuso sus reglas y nos puso a prueba, nuestra propia aceptación, nuestro desapego, nuestra humildad. El fuego no llegaba, los días de rodajes se acababan, también los seguros, el presupuesto... la película quedaría incompleta...
  Era algo perturbador sentir nuestro deseo o necesidad de incedios. Queríamos aquello que Galicia no puede evitar. Justo cuando el rodaje y el verano tocaban a su fin el fuego apareció.

ENTREVISTA AL DIRECTOR...
Lo que arde está protagonizada por un pirómano que vuelve a casa después de pasar dos años en la cárcel. ¿No la considera una películadenuncia?...
Solo el tres por ciento de los que provocan incendios en Galicia son considerados pirómanos. Cuando toda la sociedad se pone en contra de alguien, sospecho. En ese sentido, no es una película sobre la piromanía. Pero si se evoca la idea de que los incendios son consecuencia de la fe que hemos tenido en el mito del progreso, este tiempo tan histérico que ha hecho que se abandone el cuidado del entorno rural. Tiene un aire crepuscular, habla de un mundo que se acaba. Aunque, eso sí, sus habitantes resisten ante esa histeria que les rodea. Siguen ahí con sus hábitos y valores milenarios, sus casas, sus vacas, sus perros viejos, sintiéndose bien sintiéndose pequeños frente a esa naturaleza que los acoge.

Y, sin embargo, las imágenes del fuego fascinan...
Nadie negará que el fuego es bello y cruel al mismo tiempo, capaz de lo mejor y al mismo tiempo de lo peor. Como el propio ser humano.

¿Lo que arde ha significado una vuelta a sus raíces?...
Un cineasta está siempre fuera, somos extranjeros, outsiders. El cine nos sirve un poco para adaptarnos, para desandar ese camino de inadaptación, a través del conocimiento de nosotros mismos. Todas las personas y los cineastas pedimos amor, cada uno de una manera distinta. Madurar consiste en entender que no hace falta hacer películas para obtener ese amor.

El rodaje de Mimosas (2016) fue especialmente difícil. ¿Se ha sentido más cómodo en esta ocasión?...
Lo tengo asumido, hacer una película tiene que doler. No me veo haciendo películas de otra manera que no sea esa. En esta ocasión el rodaje se me ha ido un poco menos de las manos que el de Mimosas, pero no sé si es mejor o peor.
Creo que la obra siempre tiene que trascender al autor, invocar algo que le supere. No quedarse a su altura, sino capturar el misterio.

¿Es fácil levantar un proyecto como este en España?...
En España el cine está bastante polarizado. Hay un cine esencial, hecho muy en los márgenes, y hay un cine de mercado.
Existen muy pocas películas híbridas, que son, en muchas ocasiones, las que han marcado la historia del cine. Creo que Lo que arde es al mismo
tiempo una cinta clásica y de vanguardia, clara y oscura, sencilla y compleja. Como la vida misma.


ENTREVISTA A LA ACTRIZ BENEDICTA SÁNCHEZ...
¿Cuál es su historia?...
Yo nací en O Corgo [Lugo].
Mis padres emigraron a Cuba por la guerra, y luego regresaron. Por problemas políticos, a mi padre lo llevaron preso y estuvo en la cárcel cuando yo quería estudiar. Mi madre se quedó sola con mi hermano y conmigo y yo tuve que quedarme con las ovejas. En los años 60 nos marchamos a Brasil y yo regresé en el 79.

¿Cómo fue su regreso a España?...
Volví sola con una niña y la registré como soltera cuando ella tenía ocho años. No quería que su padre la reconociese. Yo necesitaba el permiso de mi marido para todo y no quería que eso continuara. Me negué a aceptarlo.

Tuvo que ser una niña rebelde...
De pequeña me rebelaba contra todo y mucha gente me decía que parecía un niño. No podía ir a nadar o andar en bicicleta porque decían que eso dañaría mi virginidad. Había muchas cosas que no podía hacer por ser una niña. Lo más triste es que los chicos me aceptaban y respetaban, me veían como a uno más y las que me criticaban eran las otras niñas. Yo estaba enfadada con el mundo. Me dejaba el pelo corto, parecido al de un hombre, y me daba igual.

¿Cuál fue su ocupación y cómo surgió su incorporación al cine?...
En Brasil trabajé haciendo fotografía. A mi hija le gustaba filmar y un día me dijo que había un casting en Navia y que buscaban a una mujer mayor.
Cuando estaba allí, vi a Oliver que se asomaba y me miraba. Conectó conmigo porque tengo lengua de trapo, y dijo que me escogía si me dejaba el pelo largo. Fue su única condición.
La grabación fue muy bonita. Para mí, Oliver no pertenece a lo humano, va más allá.

¿Diría que sí a una futura película?...
Estoy al servicio de Oliver Laxe, a él le diría que sí. Por eso dejé que me tocaran el pelo aunque a mí me guste tenerlo corto porque es más práctico.

Bailó una muiñeira en Cannes...
A mí me salió así.
Como también me salió descalzarme cuando me dolían los pies, y no fui la única que lo hizo.
Nunca me habría imaginado en un festival.

  El director explica así sus motivaciones en esta película: “La dulce, digna y soberana sumisión de mis antepasados en el corazón de estas montañas, así como su armónica, inocente y humilde aceptación, ese sentirse pequeño ante la inmensidad de la naturaleza y la vida, son actitudes y formas de estar en el mundo que me marcaron para siempre. Hoy quiero hacer de estos valores los principios activos de mis películas. En la caravana de Mimosas los personajes se someten a las inclemencias de la montaña. En Todo lo que arde no es tanto la naturaleza la que supera a sus personajes, sino la implacable modernidad que circunda las montañas, esa que no entiende de sombras y silencios. A esa modernidad, también toca someterse."
  "Quiero capturar la extrema belleza de esa España que se vacía. Recoger su excesiva rudeza, su excesiva ternura, sus luces y sus sombras: bomberos que se enfrentan a un incendio con arrojo, ancianos que se resisten a desalojar sus humildes casas ante el fuego que se impone, un incendiario que rechaza el amor y toda ayuda posible, vecinos que se solidarizan entre ellos, vecinos que se pelean entre ellos, bulldozers que arrasan bosques de eucaliptos, rabia que muta en indulgencia en un linchamiento colectivo... una madre que acaricia a su hijo. En definitiva la desmesurada belleza de un mundo rural, intenso e impredecible que no sabe de equilibrios. Una belleza hecha de contrastes, capaces de albergar tanto los gestos más heroicos como los más crueles: aquí radica la verdadera esencia de la tragedia y el melodrama.”

4.5/5 de 1 opiniones.
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Hace 4 días.
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