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CRITICA
Por: PACO CASADO
Esta es la ocasión número 14 en la que veterano director británico de 83 años, Ken Loach, acude con una producción suya al prestigioso certamen francés del Festival de cine de Cannes, en la que repite una vez más con el tema de sus preocupaciones sociales que existen desde que comenzó en el mundo del cine, mostrándolas a través de la historia de una precaria familia humilde, muy unida, compuesta por el matrimonio y sus dos hijos adolescentes, la cual refleja la situación laboral y social en el Reino Unido en la actualidad, si bien ese retrato podría exportarse a cualquier país europeo cuyos empleados se ven obligados a trabajar un cantidad excesiva de horas sin la menor retribución, por miedo a ser despedidos, porque hay otros muchos dispuestos a ocupar su lugar.
Esas condiciones laborales impiden a los padres, después de las largas jornadas de duro trabajo, atender a sus hijos en condiciones mínimamente deseables, para su normal desarrollo.
Ricky Turner y su familia luchan contra las deudas desde la pasada crisis del 2008, cuando le surge la oportunidad de participar en una franquicia, cuyas condiciones son auténticamente leoninas, como repartidor de paquetes, actuando como autónomo por cuenta propia, al volante de una camioneta, que bien se la alquila a la empresa o se la tiene que comprar.
Es un trabajo que exige mucha presión para entregar el paquete a tiempo y son necesarias muchas horas para un sueldo decente.
Ello implica tener que vender el coche de Abbie, su esposa, que ha de ir a trabajar en el autobús, haciendo muchas horas como asistente social, atendiendo a varias personas mayores a las que ha de levantar, lavar, dar de comer o acostar, lo que no es fácil teniendo que ir de una casa a otra, lo que supone jornadas muy largas, desde las 7 de la mañana a las 9 o 10 de la noche.
Abbie tiene un gran corazón y es incapaz de dejarlos solos, pero lamenta no poder estar más tiempo con sus hijos y su marido.
Hasta ahora su relación siempre había sido buena, pero todo cambia cuando se ven arrastrados por la mala conducta de su hijo de dieciséis años, Sebastián, el mayor, que se ha peleado y ha sido expulsado del colegio, ha cometido un pequeño robo y es detenido por la policía, mientras que su hermana de once años, Lisa Jane, cinco años menor, es la más prudente y sensata de la familia, la que pone paz cuando hay discusiones entre los restantes miembros.
El cineasta británico Ken Loach, conocido por películas como Yo, Daniel Blake (2016) o El viento que agita la cebada (2006), ambas ganadoras de la Palma de oro en el Festival de cine de Cannes, pone el foco en la crisis financiera de 2008 y cómo debido a ella se acabó el sueño de esta pareja, que vive en Newscastle, de comprarse una casa.
Agobiados por la necesidad de llegar a final de mes, se ven obligados a trabajar una gran cantidad de horas sin poder atender a sus hijos, poniendo en riesgo el equilibrio familiar, sin protección social y sin poder ahorrar para una futura jubilación.
Posee un excelente y exigente guion de Paul Laberty, habitual colaborador del director Ken Loach.
No recordamos haber visto un film en el que al comienzo se viva con mayor tensión por la situación en que se encuentra esa familia, como igualmente ocurre en los metros finales en los que desesperado Ricky decide ir a trabar a pesar de su mal estado y de la oposición de toda la familia para sacarla adelante.
Ken Loach compone con trazo firme esta sencilla historia con la austeridad que le caracteriza y su capacidad para mostrar la intimidad de esta familia víctima de un capitalismo salvaje que no tiene piedad a la hora de ahogar a los humildes.
Su cine es coherente con lo que cuenta, sincero e inmediato, comprometido con las causas sociales.
Los cuatro actores que componen la familia no son profesionales, algo habitual en el cine de Loach, y no pueden estar mejor, destacando entre ellos la pequeña Katie Proctor como Lisa.
Finalmente digamos que el título de esta cinta es la frase del folleto que dejan los repartidores cuando no hay nadie en casa.
Premio del público en el Festival de cine de San Sebastián a la mejor película europea. Hugo de plata a la mejor actriz Debbie Honeywood en el Festival de Chicago.
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