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CRITICA
Por: PACO CASADO
El joven guionista Zach Helm debuta en la dirección con una historia que tenía pensada desde hace mucho tiempo cuando de joven trabajaba en una juguetería y tal vez por ello su ópera prima, haya quedado un poco anticuada.
Mister Magorium vive desde hace 243 años y ha decidido que su vida ha llegado a su fin y quiere dejar su tienda de juguetes mágicos a su encargada Molly Mahoney que no tiene muy claro qué hacer con su vida. Para ello busca a Henry Weston, un contable que ponga en orden sus papeles para dejarle todo en regla a Molly. Ésta es una persona que confía poco en sí misma, que sueña con ser algún día alguien en el mundo de la música pero que no acaba nunca de crear su primer concierto de piano, y tampoco confía mucho en la magia, aunque algo más que el contable que no sabe ver que la mágica de los juguetes. Por este motivo la tienda se enfada y se entristece perdiendo su colorido.
Quien sabe algo de ambas cosas es Eric un chico superdotado, al que le cuesta hacer amigos, que finalmente ayudará a Molly a creer en la magia y la importancia que ello tiene para la tienda.
El guion del novato Zach Helm parte de una idea atractiva pero no es capaz de darle el ritmo y la gracia necesaria al film, ni desde la escritura, creando situaciones divertidas, ni desde la puesta en escena, que no saca todo el partido de los efectos especiales que es lo más vistoso de la cinta, aunque eso no llama ya la atención ni a los más pequeños, engolfados con los juguetes electrónicos.
A pesar de las dos estrellas que tiene en su cabecera quien más nos gusta es el niño Zach Mills.
Es interesante cómo se expone el tema de la muerte y el poder de la imaginación para crear la magia y la ilusión.
Una cinta que entretiene pero a la que le falta ritmo y gracia.
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