CLAUDIO GUERIN
fue un guionista y director nacido en la ciudad de Sevilla (España).
Una vez más se hace realidad el dicho aquel de que "nadie es profeta en su tierra".
Con este artículo queremos recordar al amigo y compañero Claudio Guerin Hill, el director de cine sevillano que perdía la vida cuando rodaba uno de los últimos planos de su tercera película, La campana del infierno (1973), en la lejana población gallega de Noya.
Tan sólo la Asociación de Escritores Cinematográficos de Andalucía tuvo en cuenta en su día la efemérides de su muerte celebrando una mesa redonda en torno a su figura y su obra, ilustrada con la proyección de la práctica de fin de carrera, Luciano, que, al decir de un eminente director de cine como Manolo Gutiérrez Aragón, es la mejor película que se ha hecho nunca en la desaparecida Escuela Oficial de Cinematografía.
Con estas líneas queremos tener un recuerdo de un amigo, al que tuvimos pocas ocasiones de disfrutar de su amena charla y de su grata presencia.
A Claudio le conocíamos desde nuestra más tierna juventud, cuando paseaba su pelo rubio, su figura delgada y elegante porte que parecía más inglés que su apellido, por los patios del Colegio Salesiano de Alcalá de Guadaira.
Él pertenecía a los "mayores".
Nos llevábamos cuatro años escasos.
Porque aunque había nacido en Sevilla, en la calle Julio César, pronto su familia se trasladó a vivir en la cercana población de Alcalá de Guadaira, afincándose en los pinares de Oromana donde tenía su casa su familia.
Nos volvimos a encontrar fugazmente cuando se inauguró la pequeña emisora local, Radio Nuestra Señora del Aguila, de la instalada en la parroquia de Santiago, desde cuyas tímidas ondas hacíamos nuestros primeros pinitos radiofónicos.
Las ondas nos unieron de nuevo en la ya lejana Radio Vida, que dio vida a lo que ahora es la COPE.
Claudio Guerin tuvo que abandonar los estudios y ponerse a trabajar para ayudar a su familia.
Entró entonces en la distribuidora Mercurio films, en la que trabajaba por las mañanas y donde conoció a Eduardo Benitez, que iba a contratar películas para el Cine-club Vida.
Fue así como se puso en contacto con los demás: Romualdo Molina, José Manuel Fernández, Alfonso Eduardo Pérez Orozco y les manifestó su deseo de colaborar en la emisión de radio semanal Vida de espectáculos y de entrar a formar parte del equipo que en aquellos momentos simultaneaban sus trabajos radiofónicos con la tarea de llevar el Cine-club Vida, escribir los programas y dirigir los interesantes coloquios, en los que muchas veces se debatían acaloradas discusiones con el Padre Sobrino, acerca de si el cine debería ser en blanco y negro o en color, como la propia vida.
Allí en compañía de aquel grupo inolvidable aprendió Claudio cuanto sabía de radio, del uso de la música, que después aplicó a las imágenes, con sus magníficos trabajos para televisión española como Noche en los Jardines de España o la Sinfonía Sevillana de Turina que quedaron como obras maestras de la mejor Televisión española.
O de dirigir a los actores en los formidables radioteatros y en las obras escénicas que Gorca Pequeño Teatro, ponía cada mes en las tablas del escenario del Teatro Lope de Vega.
Pero llegó el día en que Sevilla se le quedó pequeña.
Sus horizontes necesitaban más amplitud que los de nuestro pequeño mundo sevillano y decidió marcharse a Madrid a estudiar en la Escuela Oficial de Cinematografía, donde otros miembros del equipo le seguirían años más tarde.
Claudio fue un alumno aventajado en dicha escuela, lo que no le privó de algún que otro suspenso dado por Carlos Saura con quien discutía sus teorías y puntos de vista sobre el cine.
Pero todos los que estudiaron con él guardan un grato recuerdo de su memoria.
De eso estamos seguros.
Entre tanto colaboraba escribiendo artículos en revistas de cine como Nuestro Cine.
Cuando ya había terminado, algunos de los miembros del grupo sevillano marchamos también a hacer el ingreso en la escuela de cine.
Fue un mes inolvidable en el que semana tras semana teníamos que hacer uno de los cuatro exámenes de que constaba el examen de ingreso.
Largos paseos por las calles madrileñas, tardes de cine, con discusiones apasionantes que nunca olvidaremos.
Como tal alumno aventajado puso dificultades hasta para hacer su práctica de fin de carrera, Luciano, a la que le faltó tiempo y dinero para terminarla en los plazos dados por la escuela, por lo que tuvo que poner dinero de su bolsillo para acabarla a satisfacción, porque era un hombre meticuloso y gustaba del trabajo bien hecho.
Y así logró lo que antes decíamos, la mejor práctica que salió nunca de alumnos de aquellas aulas y en la que colaboró también la inolvidable Pilar Miró, que por aquel entonces ya hacía sus pinitos en TVE.
Pronto Claudio fue fichado por la única televisión de que disponíamos en el país por aquellos años.
Allí tuvo ocasión de hacer programas musicales como Massiel vuelve o A través del flamenco, extraordinarios teatros para la pequeña pantalla en los que revolucionaba con sus ideas renovadoras la técnica hasta entonces empleada por la incipiente televisión de Prado del Rey.
Programas especiales como La parábola del Homo Máximus o Estudio Uno como Acreedores, Ricardo III, El portero, El cepillo de dientes, Hamlet o Retablo de las mocedades del Cid, al comienzo de los años setenta; documentales como La corrida, La Mancha, Galicia o Santiago de Compostela, quedaron en la memoria de los que tuvimos ocasión de contemplarlos.
El cine, que era su meta soñada, no podía ignorar los valores que poseía aquel joven sevillano, frío por su ascendencia inglesa de apellido, pero de apasionado corazón en todo lo que se disponía a hacer.
Elías Querejeta lo ficharía para darle su primera oportunidad en el celuloide con uno de los episodios de Los desafíos (1969), con guion de Rafael Azcona y en compañía de otros dos notables directores, José Luis Egea y Víctor Erice.
De nuevo nos encontramos con Claudio cuando volvió a pasear las calles sevillanas con su primera película de largo metraje, ya en solitario, bajo el brazo, que distribuía Mercurio, su antigua empresa: La casa de las palomas (1972), en la que descubría a una jovencita italiana llamada Ornella Muti, junto al británico Glen Lee y la también veterana italiana Lucía Bosé, rodada en Córdoba, en la que ponía en práctica sus ideas que tenía sobre el cine.
Tenía muy claro que había que congeniar calidad cinematográfica y la comercialidad del producto.
La crítica no le trató con benevolencia, precisamente, pero el film fue un logro comercial total y absoluto.
Fuimos a recogerle al aeropuerto y por el camino nos exponía sus proyectos de hacer un guion de Santiago Moncada, La campana del infierno (1973).
No nos gustó mucho la idea y le advertíamos, no se nos olvida, que nos parecía nefasta, a priori, su colaboración con Santigo Moncada.
Parece que lo habíamos intuido.
Meses más tarde, cuando el rodaje de aquella cinta estaba concluyendo, una fría noche del 16 de febrero, cuando la niebla echaba su manto sobre la Alameda sevillana, recibíamos la triste noticia.
Esa mañana al apoyar su pie en uno de los ventanales de la torre donde se rodaba uno de los planos, y quería dar su visto bueno, resbaló con el verdín que allí se había asentado, perdía el equilibro y su cuerpo quedaba inerme en las frías lozas de la puerta de entrada de la iglesia del pueblo de Noya.
Las asistencias nada pudieron hacer.
Habíamos perdido a un amigo y el cine español a uno de sus mejores directores, en potencia, cuya carrera no había hecho más que comenzar.
Pasó el tiempo y la Asociación de Escritores Cinematográficos de Andalucía consiguió que se le pusiera una calle en la Sevilla que le vió nacer.
Años después la Alcalá que le vió crecer le dio su nombre a otra calle y el cine-club de aquella localidad se denominó Claudio Guerin, como también el ya desaparecido concurso de vídeos.
Que estas letras sean nuestro recuerdo y homenaje a un hombre inolvidable, al qe siempre tendremos en nuestro recuerdo.

































































