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RECORDANDO LA CRISIS DE LOS SESENTA EN EL CINE Como aseguran muchas personas de sólido criterio, la crisis que atraviesa el cine es palpable.

       

   Pero en mi opinión el cine está en crisis en el sentido más generador y dinámico de la palabra. A la obtención por el cIne de producción de una mayor consistencia, virtud acuñada por las grandes productoras, sensibles a la aceleración del nivel cultural, se une el profundo cisma en el cine de los autores, cuya aparente trayectoria a un callejón sin salida determinará por el sentido de subsistencia artística nuevos caminos futuros.

  Pese a que el vitalizador impacto de un cine de retorno a la acción ha sido asimilado y desarrollado superficialmente por el cine exclusivamente comercial (80 por cien de imitaciones) paralizando su núcleo motor, el caos es en definitiva la resurrección del aventurerismo y la épica energética, no dejará de dar sus frutos, ya en un febril cine de exteriores o en un anarcoide cine de interiores.

  Por otro lado, la progresiva divergencia de los autores no clásicos (estos conservan su fibra o su contenutismo), conducirá previsiblemente a una etapa de mayor análisis, y en la que los auténticos impulsos individuales de los jóvenes a una búsqueda de plenitud, conjuntados al mayor descaro con que los realizadores especializados tratan sus temas, deben desembocar en un tipo de cine heterogéneo y (por desconocido) esperanzador.

  El evidente planteamiento que se hacen gran número de directores de la línea a seguir resulta por un lado de una evolución argumental que precisa del enriquecimiento del patrimonio temático con que ha contado el cine, y por otro, del acelerado envejecimiento de los films que no cumplen con la frase de Croce: "El arte es la intuición pura o la expresión pura, pero no la intuición intelectual, ni el juicio, ni el logicismo". Todo esto crea una situación de ebullición oculta, coincidente con la de Hemingway, cuando decía "Por entonces, ya había descubierto que todo, lo bueno y lo malo, deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo mientras que el vacío de algo bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor".

  El contraste de nivel, verdaderamente pesimista, que se comprueba entre las reposiciones y los estrenos es un espejísmo, pues aquellos films no son índice de su producción contemporánea. Una retrospectiva no seleccionada, como la de TVE, confirma que el cine, pese a un cercano bache infrarrealista, es cada vez menos plano, no habiendo dejado de avanzar, y los viejos méritos del cine de garra pueden adherirse a la evolución actual. Esta supone una garantía fuerte para la moral argumental de los films (progresismo, observación de los diferentes aspectos de un hecho, feminismo, antirracismo) que puede adquirirse con la superior instrucción de los profesionales del cine.

  Pero quedan otras dos gradaciones de moral y honestidad en el cine, que presentan frecuentemente películas con una moral argumental insatisfactoria. En primer lugar el director debe poner en juego todas sus armas o potencias para la resolución ontica de problemas planteados (referente a la puesta en escena, no al happy end que deviene en una sensación de desgaste y compromiso con su propio cine. Este grado moral origina filmaciones no conformistas en films de victoria como "Una trompeta lejana", de derrota, "A bout de souffle" de búsqueda, o de protesta "Rebelde sin causa", y filmacones conformistas en films de victoria como "El coronel von Ryan", de derrota como "El eclipse", de búsqueda como ocurre en "La corrupción", o de protesta como "El Oscar).

  En segundo lugar, el director no debe restringir escénicamente la perspectiva del espectador sobre su obra. Es éste un grado de dignidad, de honestidad de autor frente a lo que se propone filmar, y origína películas directas y honestas, en que se captura la vida y cabe la intrusión de elementos argumentales que escapan a la perspectiva del autor y son un gérmen de autocrítica en potencia (las dos horas de vida capturada de "Una trompeta lejana", dignas por su exposición totalmente desprovista de hipocresias manufactureras, abordable por criterios opuestos a los del autor frente a los mismos hechos: deserción, disipación de los soldados) y películas deshonestas, en que se elimina y distiende la vida, y no cabe la intrusión de otros elementos argumentales que los impuestos por el realizador (era, summum de la hipocresía manufacturera, inabordable por otros criterios que la sofocante abstracción de Losey sobre una materia prima escatimada).

  La sinceridad no se depende exclusivamente de unas convicciones personales muy sentidas (en este sentido, Losey es un ejemplo de sinceridad) sino también de la convicción en el propio cine que se hace.

  La conjunción de una moral argumental contemporánea con la explotación en la realización de todas las potencias cinematográficas para la resolución del tema, y la no restricción escénica de la perspectiva del espectador (lucidez de Peckinpah frente a la puerilidad de Tessari) supone la plataforma del gran cine futuro, un cine de filmación no conformista de temática no conformista.

Textos: Manolo Marinero. Publicados en 1966

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