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Recordando... VIAJE A ITALIA FELLINI INCLUIDO Que a Fellini le gusta el tebeo, es cosa sabida.



    Ha sido dibujante, ha escrito el guion de unas aventuras de Flash Gordon, ha dirigido "El jeque blanco" (1952, según guion de Antonioni, sobre el mundo de los fotorromances, y especialmente ha sabido integrar, como Resnais, como Tessari, la visión del tebeo dentro de su mundo particular, del universo felliniano, compuesto por señoras rollizas, equilibristas, obispos, marqueses y condes, intelectuales y playas solitarias.
  Esta irrupción insólita del tebeo y sus colores, no son novedad exclusiva de "Giulieta de los espíritus". No se puede olvidar a Anita Eckberg, mujer gigantesca como excepcional en su anatomía, en el sketch de "La tentazione del dottore Antonio" perteneciente al film "Boccaccio 70". Anita, que ya había rodado "Artístas y modelos" en el papel de una heroína de tebeo soñada por Jerry Lewis, participa, junto con Ursula Andrews, de las características físicas esenciales para encarnar adecuadamente a la sexy-girl o pin-up idealizada por el cómic y también por el chiste (chicas de Divito, Wenzel, Iñigo, Peñarroya, Petty, Little Anny Fanny del Playboy), Anita y Ursula son pura caricatura.
  Casi irreal, Anita tomaba forma corpórea y abandonaba su puesto en un gran cartel publicitario, para enamorar al doctor Antonio de "Boccaccio 70", con sus formas posesivas y su gigantismo, similar a la mujer castillo de carne del poema de Baudelaire, o por buscar un ejemplo más actual, "Sakora".
  Anita Eckberg es un monumento a la elefantiasis del busto, que deja pequeñas a Jane Mansfield y a Sabrina, puros fenómenos de circo. Anita es una apassionatta von climax, maternal, acogedora, cálida, colchón gomaespuma del misógino soltero americano, eterno Peter Pan. Por eso a Fellini le gusta Anita, como le gusta Sandra Milo, otra mujer mujer por excelencia, digna modelo para barraca de tiro al blanco, anuncio de revista especializada o portada del antes citado Playboy. A Federico Fellini le gustan las Anitas, las Ursulas, las Sandras y también las lunares desventuras de un Happy Hooligan, según confesaba recientemente a Francis Lacasin y Michel Caen, en una reveladora entrevista.
  "Giulietta de los espíritus" es su creación más madura y audaz, obra revolucionaria, apasionante, increíble. Después de verla, debemos confesar que Fellini es el mejor director del mundo. Giulieta precisa verse dos veces, para encontrar encada nueva visión mátices insólitos, que revolucionan los medios de expresión.
  Con plena libertad de creación, con ese amor a la vida y a los buenos cigarros, que traslucen personalidades como las de Orson Welles o Federico Fellini, este último ha brindado a la mayor gloria de su mujer Giulietta Massina, toda una puesta en imágenes del tebeo. Porque la Massina es otra fanática del fumetti y, como su marido, colecciona desde niña todos los números de la revista de historietas Corriere dei Piccoli.
  Precisamente a raíz del Congreso de Bordighera, ofreció a la Federación Europea del Cómic, los números repetidos de su colección. No en vano ha vestido en la Strada, los harapos y la traza física de un personaje de Antonio Rubino, aunque se llame Gelsomina.
  En "Giulietta de los espíritus", el tebeo aparece continuamente omnipresente y audaz.
El color vituperado por determinados críticos, es una trasposición de la gama habitual en las páginas del Corriere dei Piccoli, durante la década del 30 al 40, explosión visual en las viñetas que corresponde en España a los años del Mickey editado en Barcelona. cuando Giulietta recuerda sus años infantiles, lo hace -y esto es un hallazgo estético de primera categoría- con los colores de la imaginería popular que alimentó sus primeras lecturas. Tanto Fellini, como su decorador Piero Gherardi, han conseguido trasponer en imágenes toda la rica gama pictórica de los tebeos.
  Aunque a Fellini le interesa más Simplicio Bobadilla que Buck Rogers -la distorsión de las formas en las chicas que pueblan las viñetas de Li'l Abner están mucho más cercanas a su gusto estético- en Giulietta rinde tributo al mito del héroe.
  La protagonista asiste a una sesión circense en compañía de su madre. Y la digna, tiesa, guapísima Mamma, guiña directamente el ojo a un trapecista, vestido con los atributos del héroe a la americana, capa, botas, antifaz, que desde Superman a Batman, pasando por el Capitán Marvel y otros doscientos superhombres, han sacrificado en un par de generaciones el transfer imprescindible para la perfecta digestión intelectual de una cultura de masas.
  Por eso el trapecista recordado por Giulietta es Superman pintado de oro, de la cabeza a los pies, con la capa del "Santo" mexicano y una coquilla negra ocultando sus facciones.
  Giulietta visita a su amiga, la hetaira Sandra Milo, a quien desea devolver su gato perdido. Y sus ojos asombrados descubren la mansión de Sandra, que parece decorada por Antonipo Rubino. Este dibujante italiano, a quien se rindió homenaje en una exposición antológica, montada en parelelo con el Congreso de Bordighera, es uno de los preferidos de Fellini, que guarda en su apartamento de la VI Archimede varios dibujos originales suyos. Las vidrieras de la escalera, la lámpara de la mesilla de noche, pertenecen al estilo de Rubino, es decir, a los años de los Cuentos de Calleja, y de los "ex-libris" historiados que aún están de moda.
  Los escotes y las mujeres. El reino de Fellini, harén de los años sesenta, participa totalmente de sus preferencias. Sandra Milo encarna la muelle, perfumada, infantil e ingenua mujer felliniana, que es novia-secretaria-amante-madre-portera-profesora de idiomas, a la vez. Mujeres "maggiorattas" físicas, sucesoras de una María Montez perdida en el cafe-society de la Roma actual, una María Montez que no pudo contar con la ayuda de Jon Hall ni de Sabú para liberarse de la dulce tiranía del Serrallo.
  Giulietta y el deseo. Porque Giulietta es mujer en el fondo, aunque el fuego de artificio desplegado por su marido no le permita expansionarse. Descubre su posibilidad de fascinación, con la llegada de José Luis de Villalonga, amante latino por excelencia, quien para fascinar a Giulietta le ofrece sangría, le habla del Cordobés, juega al escondite con las sombras de la noche, como un nuevo conde Drácula. Giulietta, buena chica en el fondo, renuncia a él, como renuncia luego al abrazo casi necrófilo del hijo de Sandra, vestido con una increíble túnica blanca, reencarnado ante sus fascinados ojos a un San Juan Bautista barbilampiño a lo Irazoqui.
  Los complejos de Giulietta desaparecen cuando descubre su motivación. Su abusiva madre, demasiado guapa, y sus sensuales hermanas -una de ellas es Sylva Koscina, más atrayente que nunca- han hecho de ella el patito feo de un matriarcado napolitano. En un determinado momento de la historia, Giulietta, más Alicia en el país de las maravillas que nunca, descubre la puerta de sus inhibiciones, oculta en la pared de su dormitorio.   La franquea y encuentra al otro lado a su silueta infantil, tostándose en las llamas del Purgatorio.
  Y Giulietta recrea en su mente la fiesta colegial, similar a la antológica de "Felices pascuas", con llamas de mentirijillas en celofán rojo, que ondean al aire de un ventilador. Giulietta, irrealmente humana, ha descubierto a sus monstruos, a quienes sólo les queda el camino de la huida.

Textos escritos por LUIS GASCA
Publicado en 1965.

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