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Recordando... LAS MUERTES TENÍAN SU PRECIO O EL SPANISH WESTERN
 Enfrentarme desde un punto de vista histórico-crítico con lo que hemos dado en llamar "western español"...

   

   ... es algo que no me produce ninguna satisfacción, por la única razón de que no creo en su existencia, sino cuantitativamente. Por otra parte la escasa calidad de estos productos no animan demasiado al comentarista, que en la mayoría de los casos los deja pasar sin dedicarles una sola línea. Pero considerado el cine español como una industria, chocamos inevitablemente con la molesta presencia de un género que no corresponde tratar a los cineístas españoles, y en el que de hecho están inmersos buena parte de ellos, que no consiguen encajar dentro de unos moldes que les vienen grandes.
  Es por ese motivo por el que me acerco al “western español”, con la única intención de testimoniar su existencia dentro del panorama de la producción cinematográfica de un país, bien lejano, al que día a día ve montar a James Stewart, cabalgar a Joel MacCrea o disparar a John Wayne.

  Antes de que Michael Carreras dirigiera el verdadero primer “western” en España ya se había hecho en Italia un modesto film interpretado por Chelo Alonso y Don Megowan, que se llamó “Ruta de titanes”, y en Francia Robert Hossein había dirigió “El sabor de la violencia”, que tenían ya un contacto directo con el género. Además Berlanga, en “Bienvenido Mr. Marshall”, había hecho soñar a José Isbert una de las mejores secuencias de toda su obra, ambientada en un típico saloom del Oeste, que junto al episodio de “Tres eran tres” de Eduardo Maroto (1954), constituye el precedente más directo de las parodias de que después sería objeto el “western”.

  Dejando al margen los dos “Coyotes” de Romero Marchent, realizados en 1954, el “western español” no nace hasta “Tierra brutal” planteada con una cierta dignidad, en el sentido de que erra coproducción con director norteamerianos, y con tres actores también americanos medianamente conocidos, peo que estaban muy en su papel, aunque todo ello quedó invalidado por un desconcierto general que se apreciaba en los elementos españoles del reparto, en el que figuraba Paquita Rico y, sobre todo en el cámara, Alfredo Fraile, que como era lógico no tenía costumbre de moverse en el terreno del “western”. Ahora bien, esta película descubrió la posibilidad de una producción más continuada y organizada de films similares en nuestro suelo, aprovechando la idoneidad del paisaje. En unos pocos meses se localizaron exteriores en varios puntos de la Península y se levantaron poblados en los alrededores de Madrid y Barcelona, en la convicción de que las películas que allí se rodaran darían buenos emolumento a sus productores no sólo en España, sino también fuera.
  Bastaba pues con escribir un guion aceptable y traer un par de actores americanos, para resolver el problema alimenticio de unos cuantos productores españoles. Hoy, a cuatro años de “Tierra brutal”, cerca de ochenta títulos constituyen la historia del “western español”, el género cuantitativamente más importante de la actual producción.

  En el cine del Oeste encontramos una serie de características que se reflejan en el “western español”, pero con merma de grandiosidad y, sobre todo, de la veracidad que adquirian en manos de los maestros americanos. La epopeya en sí desaparece, convirtiéndose en una historia de buenos y malos de dudosa verosimilitud. En este sentido nos encontramos ante la desmitificación del “western”, con la puesta al descubierto de unos esquemas narrativos, sociales y morales, que se repiten con puntualidad asombrosa, dejando al desnudo un género que, de por sí, tenía poco de barroco. Como puede deducirse, los personajes se simplifican al máximo; las leves justificaciones de sus actitudes son sustituidas por un escueto “porque sí”, que la mentalidad del espectador acepta sin darle más vueltas, prevenida por la experiencia adquirida con la visión de verdaderos “westerns”, en que aquellas actitudes estaban justificadas. Pero junto a esta aparente justificación aparece algo que podíamos calificar de retorcimiento, premeditado a veces, involuntario o impuesto externamente en otras ocasiones, Las constantes del “western” se ven alteradas al abordarlo realizadores españoles e italianos, que suelen utilizar con frecuencia seudónimos que ocultan su verdadera identidad. Al carecer de la historia que tiene el “western” en América, al no haber recorrido esos pasos lógicos que le llevaron a una mayoría de edad, el “western español” escoge unos caminos equivocados. Por un lado se convierte en un vulgar cine de imitación; los cineastas aquí creen desentrañar toda la mística del género con construir unos decorados que aparentemente se asemejan a los de las películas americanas, y localizando unos exteriores más o menos adecuados. La preocupación por el tema es relegada a un segundo término y, normalmente está resuelta con algún relato de José Mallorquí, aunque muchos otros guionistas han incidido en el “western” sin el menor respeto hacia lo que significa.

  Pero el problema que plantea el “western español”, y en general el europeo, es el de la incorporación de una serie de realizadores, actores y técnicos, que en su vida soñaron con abordar algo semejante. A lo largo de cuatro años, podemos darnos cuenta de cómo el cine español se ha incorporado al “western”.
  En un comienzo, salvo Romero Marchent, uno de los pocos que se salvan de la catástrofe general, casi nadie se atreve a trabajar en el género. Es la época en que se traen directores extranjeros, en que todavía se cuida un tanto conservar la apariencia de que aquello es un verdadero “western” en que buena parte del equipo ha trabajado anteriormente en Hollywood. También los actores españoles quedan en la cuneta en este primer momento. Richard Basehart, Don Taylor, Frank Latimore, Howard Vernon, Alex Nicol, Robert Hundar o Geoffrey Horne asumen los papeles principales en aquella primera etapa

  Pero esto dura poco. El primero en romper el fuego es León Klimovsky, que hace la primera parodia del “western”, “Torrejón city”, que, desde luego es su único film semiválido, no por la puesta en escena, que revelaba la rutina de siempre, sino por su valor de previsión de un fenómeno socio-cinematográfico, que en aquel momento constituía problema.

  Los actores han tenido poca suerte. La mayor parte de los galanes no han sido escogidos entre actores españoles. Importaba más buscar un nombre americano, aunque fuera absolutamente desconocido.

  Giuliano Gemma fue el que trabajó más haciendo galanes para el “western” hispano-italiano.

  No importa que el número de directores españoles introducidos en el cine del Oeste sea muy alto. La mayoría de ellos han fracasado rotundamente. Incluso comercialmente estas películas han dejado de interesar por sistema.

  Es obvio que al margen de todo el panorama apuntado, hombres como Romero Marchent, Sergio Leone, Hugo Fregonese, George Sherman y en menor grado, José Luis Borau y Ricardo Blasco, han dado obras interesantes, pero ellos no tienen un John Wayne, ni un Ward Bond, ni un Walter Brennan. El problema está enfocado en otro aspecto muy diferente, en el que las muertes tienen su precio, y esto no se puede olvidar.

Queda claro que rechazo el “western español”, no por sistema, sino porque se ha podido comprobar que para hacer cine del Oeste hacen falta hombres de cine de verdad, y aquí esos escasean. Al hacer un “western” hay que sentirlo profundamente ligado a unas constantes que no se deben infravalorar. No basta por lo tanto unos indios que digan “Aou” para hacer creer que son tales indios.  

Texto escrito por Fernando Méndez-Leite

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