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CRITICA
Por: PACO CASADO
El cine comercial español de final de estos años 60 está hecho a base de constante repeticiones de nombres, caras, estilos y formas de hacer.
Es un cine bastante tópico de lugares comunes, donde todo coincidía con lo ya visto, donde todo es igual a lo anterior.
Por eso viendo este remedo de la obra de Enrique Jardiel Poncela, en una versión bastante arreglada y modernizada, juega alegremente con un tema que se diluye en el equívoco y la situación retorcida y absurda con un ineficaz matiz cómico, con no poco de sátira de costumbres de todas las épocas, interpretada a cargo de las figuras más conocidas y populares del cine español actual.
No obstante podemos decir que no están todos los que son, puesto que faltan algunos de los elementos más típicos de las comedietas hispanas, pero desde luego sí son todos los que están, desde la siempre eterna Carmen Sevilla, hasta el fichaje del aristócrata Don Jaime de Mora y Aragón, pasando por el acartonado Manolo Gómez Bur.
Federico Latorre mantiene una relación amorosa adúltera con Fernanda, a la que cree que es viuda, cuando en realidad está casada con Eduardo, un famoso compositor, que atraviesa una mala racha.
Un extravagante doctor, Leopoldo Cumberri, distraído hasta la exageración y un tanto absurdo, dice haber descubierto el "adulterococo", un germen causante de esa plaga social tan extendida.
Entre sus pacientes no tardan en figurar el trío protagonista de un adulterio provocado en un matrimonio por la mala comprensión de los esposos que, en el fondo se quieren, según queda demostrado después del tratamiento a que los somete el médico en el sanatorio que tiene montado para ello.
De la obra original en tres actos de Enrique Jardiel Poncela, que tenía cierta crítica amarga a los comportamientos de la burguesía española de la posguerra, poco o nada ha quedado.
Todo ha sido pasado por agua, suavizado, adulterado, nunca mejor empleado el término.
Y el resultado es un film pésimo, donde Rafael Gil vuelve a dárselas de actual, metiendo ciertos detalles modernitos, o jugando a ser audaz en lo erótico, como en su anterior subproducto, aquella Verde doncella (1968), y siempre buscando el halago más bajo y tosco a los grandes públicos de la subcultura española.
Cine negativo, con una comicidad casi siempre verbal, sin ritmo, mal narrado, pero, eso sí, con una excelente fotografía de José F. Aguayo y un formato más o menos europeizante, para demostrar que seguimos mejorando en los aspectos técnicos.
Entre el reparto de los actores, se podría decir que Carmen Sevilla se incorpora al ya muy nutrido elenco de frustradas vampiresas celtibéricas, donde se encuentran desde Laura Valenzuela a Rocío Dúrcal, pasando por Analía Gadé.
Todas ellas confunden el auténtico sex-appeal con el simple exhibicionismo cabaretero, quedando a un nivel cercano a la pornografía pero muy lejano del verdadero erotismo.
En cuanto a Fernando Fernán Gómez, da pena verlo en un papel tan desorbitado y grotesco, siendo él cuando quiere uno de los pocos autores de verdad cómicos de nuestro cine español.
Los demás, ya se sabe, son las mismas caras, los mismos gestos de siempre y esta vez la presencia añadida de Don Jaime de Mora y Aragón en el papel de un reputado playboy de noble origen que resulta menos insoportable de lo esperado.
En definitiva un nuevo paso atrás de la comedia española.
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