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CRITICA
Por: PACO CASADO
Es el primer largometraje en solitario del cineasta vasco Asier Altuna, tras dirigir varios cortometrajes, y en colaboración con Telmo Esnal 'Aupa Etxebeste' (2005) en el que se nutre de sus propias experiencias en el caserío familiar y de poemas de Kirmen Uribe, realizado en siete semanas no seguidas para así poder captar el paso de las estaciones.
Cuenta una historia de incomunicación y de ruptura entre generaciones, con el caserío vasco como escenario del que es prácticamente su historia, al tiempo que reflexiona sobre los cambios sociales en el País Vasco.
Amama significa abuela, pero es también la sabiduría de los antepasados, la memoria de una familia.
El caserío vasco tiene sus leyes: el primogénito de la familia es el heredero total. Los hijos al nacer tienen un árbol recién plantado y un color, rojo para el primogénito y heredero, blanco para el vago en este caso y negro para la hija rebelde.
Trata sobre una familia en la que los tres hijos del matrimonio formado por el hosco Tomás e Isabel, su sacrificada esposa, que siguen anclados en el pasado, que tienen puesta su confianza en alguno de sus retoños para que siga con sus tradiciones, mientras experimentan el conflicto entre el mundo antiguo y el nuevo.
Para Tomás ese es su destino, no conoce más que su trabajo y no acaba de comprender que sus hijos tienen otras vocaciones, otras miras, como le ocurre al mayor, que debía ser el heredero, que se marcha fuera, mientras que el segundo, al que considera un vago toda su vida, se monta su vida en el pueblo y acude a pasar los fines de semana, quedando tan solo la hija, la rebelde Amaia, con la que no se lleva muy bien, que hace trabajos de diseños por ordenador.
Se plantó un árbol en el bosque al nacer cada uno y la abuela lo pinta de un color diferente según su carácter.
Los choques del patriarca, un terco Tomas, con su hija Amaia rompe la unidad familiar, con la presencia siempre de la vigilante y silenciosa abuela Juliana y la sacrificada y sumisa Isabel, la esposa incapaz de rebelarse.
No se llega a la conciliación tras el enfrentamiento debido a un maniqueismo de caracteres y actitudes, y no acaba de convencer el desenlace.
La película habla sobre cómo vivir en la ciudad sin dar la espalda al caserío, cómo liberarse del caserío sin romper la cadena de conocimientos, cómo elegir su camino sin traicionar a los antepasados.
Es un film muy correcto, con una narrativa muy cuidada, lleno de nieblas, sentimientos y tradiciones en torno al caserío que está en peligro de desaparecer ante la forma actual de entender el mundo de las nuevas generaciones que tienen una manera diferente de ver la vida.
Actores muy centrados en sus respectivos personajes, en un terreno fuera de lugar, de apego al caserío y a la tierra del intransigente padre.
A veces usa la voz en off para aclarar conceptos, y en la realización tiene una cierta tendencia al esteticismo, con lentos movimientos de cámara que se recrean en la belleza del paisaje vasco, con una cuidada ambientación y puesta en escena.
Pone en ello su experiencia vivida, expone el tema que transciende de lo local a lo universal, pero no toma partido.
Destaca la presencia de Amparo Badiola y el duelo entre Iraia Elias y Kándido Uranga.
Premio Irizar al mejor film vasco en el Festival de cine de San Sebastián.
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