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CRITICA
Por: PACO CASADO
Cuenta la relación tóxica entre Libertad, una madre, y Mateo, su hijo, trazando un paralelo entre la dictadura en Corea del Norte y el pueblo, que escuchamos en las noticias que va dando la televisión, al tiempo que lleva adelante la historia del ex marido de Libertad con Marta, su nueva esposa.
Mateo es un joven aparentemente frágil que no conoce lo que es la libertad sólo que es el nombre de su madre, con la que vive, en un mundo en el que todo es de color de rosa, desde las paredes a cualquier objeto o mueble de la casa, hasta la misma ropa, constituyendo un microcosmos que tiene precisamente esos dos habitantes, madre e hijo, que no pueden pasar el uno sin el otro, duermen juntos, se bañan juntos, etc. hasta el punto de parecer irreal y fantasiosa.
La acción se sitúa en el 2011 año de la muerte de Kim Jong-il.
A Mateo, un día le diagnostican un cáncer en el cerebro... y ella también quiere tener el mismo cáncer y es internado para operarle la cabeza y Libertad le lleva un retrato suyo para que no esté solo, porque ella dice que la enfermedad es de los dos.
Cuando sale del hospital visitan a una psicóloga, Carolina López, que termina por echar a Libertad del despacho porque quiere hablar con Mateo a solas.
Ella dice que Mateo odia a su padre, pero cuando un día Marta la llama y le dice que Roberto está muy enfermo, Mateo se escapa de noche para ir a verlo.
Entre tanto las hijas del dictador coreano han muerto envenenadas y el matrimonio escapa al Norte, pero ella vuelve.
Segundo largo del joven actor y director madrileño Eduardo Casanova después de una decena de cortos y de pasar a dirigir con Pieles (2017), en el que nos cuenta esta historia de la que también es el autor del argumento y del guion de esta madre hartible y manipuladora que lo único que le falta es no haber cortado el cordón umbilical que le unía a su hijo después del parto, ya que no puede vivir sin él y le ha creado tal complejo que le da miedo salir a la calle si no es con ella.
Madre e hijo tienen hasta ese punto una relación de dependencia. Ambos viven acomodados en esa asfixiante realidad.
Se tocan en esta historia temas como la relación materno filial, la dictadura, la idolatría, la enfermedad, la codependencia, la falta de libertad, el amor, la inseguridad, el dolor, la familia, la manipulación, el intento de suicidio, los mundo tan diferentes, el drama y el humor que se desprende de algunas situaciones bastante exageradas con ocurre con el color rosa, el incesto, un par de pesadillas y dos canciones.
No acertamos a descubrir el porqué introduce el tema de la dictadura de Corea del norte y la otra historia de Marta y Roberto, como no sea para desintoxicarnos un poco de la historia central o hacer un paralelismo entra la dictatorial actitud de la madre respecto a su hijo.
De una forma o de otra lleva las tres narraciones en paralelo bastante bien, sin molestarse entre sí y al mismo tiempo descansar de tanto decorado rosa y de la empachosa relación entre la madre y el hijo, hasta el punto de que ella también se afeita la cabeza para sentirse igual que él.
La dirección no se complica la vida y en cuanto a la interpretación Ángela Molina asume el papel que por agenda no pudo hacer Ana Belén, que está muy bien como es habitual en ella en esa madre totalitaria, egocéntrica y nos sorprende María León en el serio papel de la psicóloga, que está como nunca.
Premio Crossovers en el Festival de Estrasburgo. Mejor guion, música, sonido y dirección artística en el Festival Ceará de cine iberoamericano. Premio especial del jurado en Karlovy Vary.
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