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CRITICA
Por: PACO CASADO
El realizador polaco Krzysztof Kieslowski se propuso hacer una trilogía con los colores de la bandera francesa y el lema de la revolución gala: azul, la libertad, blanco, la igualdad y rojo, la fraternidad.
Esta película nos cuenta la historia de Karol, un joven peluquero polaco emigrado a Francia, que tras conseguir el primer premio en un campeonato de peluquería, se enamora de una colega francesas, Dominique, con la que termina casándose, pero se ha quedado sin dinero, sin pasaporte, sin vivienda y también, sin esposa, ya que Dominique ha pedido el divorcio alegando la no consumación del matrimonio y, además, ha lanzado falsas denuncias contra Karol.
El film comienza con el divorcio de la pareja, falsamente acusado de que el matrimonio ha quedado en blanco.
Perseguido por la policía, pide limosna en el metro, cuando tropieza con una compatriota que se ofrece a sacarlo del país. Escondido en una maleta consigue llegar a Polonia y le ofrece un extraño negocio.
Pero no por eso acaban sus problemas.
Y, por si fuera poco, sigue acordándose de su adorada Dominique.
Todo puede arreglarse: en primer lugar Karol tendrá que pasar de arruinado a millonario.
A partir de ahí Karol tratará de pagarle con la misma moneda a Dominique, su ex-esposa, para estar en igualdad de condiciones.
Krzysztof Kieslowski aprovecha la historia para darnos de paso la panorámica de una Polonia que se ha transformado en los últimos años con el cambio de régimen político, del estalinismo al capitalismo más salvaje y corrupto, en el que todo se compra y se vende mediante la especulación más atroz.
Esto hace rico al protagonista que le sirve para ponerle el anzuelo a su ex-mujer y consumar su venganza.
Aunque las comparaciones son odiosas, la verdad es que 'Tres colores: Blanco' (1993), segundo capítulo, no se parece en nada al primero, Azul (1993), ni siquiera en su argumento o estilo de puesta en escena.
Esta es una cinta más lineal, menos intelectual que la primera, pero no por ello menos sorprendente, en cuanto a la imaginación de sus autores y los quiebros argumentales que en ella se llevan a cabo, con un ritmo inesperado y en la que se pasa de la comedia al esperpento o al humor más negro.
Su realización es fresca, inteligente, llena de simbolismos y referencias al blanco: el vestido de la novia, las palomas que constantemente revolotean en cualquier escena de la película o la propia nieve de una Varsovia totalmente helada.
Aquí no juega tanto papel la música como en el otro film, pero sí tiene una interpretación interesante del joven actor polaco Zbigniew Zamachowski, menos jugosa es la de Julie Delpy y una breve aparición, casi vista y nos vista, de la anterior actriz protagonista, Juliette Binoche.
Una cinta interesante de ver, sobre todo por completar la trilogía, que consiguió el Oso de plata a la mejor realización en el Festival de cine de Berlín 1994.
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