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CRITICA
Por: JUAN FABIÁN DELGADO
Hacer un cine comercial, de evasión, puede resultar algo perfectamente digno y explicable si para ello se logra un producto correcto con la suficiente garra ante el público como para que éste pique.
Pero a veces se justifica el afán de comercialización de un film con recursos burdos y de mala calidad.
Eso ocurre con frecuencia en nuestro país, donde aún no hemos encontrado la fórmula para lograr una cinta asequible y sencilla, a la vez que digna y con cierto nivel.
Por el contrario, el cine americano es pródigo en muestras de films en los que sin deseñar el aspecto comercial, se logra un muy apreciable nivel de calidad y perfección de la labor directiva.
Desgraciadamente no es este el caso de esta película titulada como "El caradura, la rubia y el millonario", endeble producto en el que Arthur Marks ha asumido las principales responsabilidades.
En efecto, estamos ante una cinta burda, sin apenas imaginación, en la que unos personajes esquemáticos y de cartón piedra deambulan por el yate "Salomón"; cayendo en todos los tópicos del cine de enredos y caracterizando unos tipos más que conocidos en la tradición de la comedia.
A pesar de la cierta acumulación de peripecias, a pesar de la veteranía de un Peter Lawford o el físico de Olina Berova, todo suena a falso en la película, resultando un humor forzado y sin apenas gracia, en el que todo se ve venir y la originalidad brilla por su ausencia.
Con una media labor de Arthur Marks como realizador el film tiene un color pasable.
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