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CRITICA
Por: PACO CASADO
Una nueva muestra del actual cine francés nos llega con la cuarta película del realizador Cédric Klapisch del que nada conocíamos hasta ahora.
Por primera vez se plantea adaptar una obra de teatro al cine, para lo que ha gozado de plena libertad a la hora del trasvase y de la puesta en escena, en la que ha tratado de compensar con la cámara las limitaciones del escenario, jugando con la luz y la ancha pantalla del CinemaScope para darle más respiro a los actores y menos agobio al espectador.
La historia que nos refleja es la que se deriva de la relación de los miembros de una familia que tienen la costumbre de reunirse a cenar en un restaurante los viernes por la noche. Quedan citados en el bar que regenta uno de ellos, pero la esposa se ha marchado de casa.
Esta espera da lugar a que cada uno eche fuera sus demonios en una especie de confesión que les deja más liberados.
El egoísmo de uno de ellos que no piensa más que en su trabajo y desprecia a su esposa, la soltería de la pequeña que al final opta por salir con quien le apetece y la desgracia del esposo abandonado que decide ir al encuentro de su mujer, mientras que la madre hace de aglutinante de todos.
A pesar de que se trata de una comedia, con sus instantes divertidos, no abandona el hecho de analizar estas situaciones de los personajes o reacciones de los mismos en esas determinadas circunstancias.
Una comedia más o menos dramática con un falso humor que sin que su tema sea trascendente, hace pasar el rato.
El film posee tres César del cine francés, al mejor guión y actores de reparto para Catherine Frot y Jean-Pierre Darroussin.
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