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CRITICA
Por: PACO CASADO
La filmografía de Carlos Saura ha evolucionado bastante en los últimos años. Como él mismo acostumbra a decir su capacidad crítica de cine político terminó con la muerte de Franco. Posteriormente se ha interesado por el musical o el cine social. Pero un tema aparece periódicamente y es su preocupación por la familia.
Lo hizo antes y lo vuelve a hacer ahora con su película número treinta, Pajarico, en la que se basa en los recuerdos de su infancia y adolescencia en tierras murcianas aflorando así su mitad paterna.
Estos recuerdos los transforma a capricho para contarnos la historia de Manu, un niño de diez años que llega a Murcia procedente de Madrid donde sus padres han quedado tramitando el divorcio.
Con su familia murciana va a pasar varias semanas, cada una de ellas en casa de los tres tios casados que tiene: Juan que es sastre de profesión y pintor en los fines de semana; Fernando es panadero, toca el violoncelo y oculta su homosexualidad; Emilio es oftalmólogo y lleva el peso de la familia y Margarita es la tía soltera que ve visiones religiosas por todas partes.
Y sobre todos ellos la figura del abuelo, una especie de patriarca que tiene mitad de genio y mitad de loco que confunde las cosas porque está perdiendo la cabeza, pero que en torno a él aglutina la familia. Manu está en contacto siempre con su prima Fuensanta que es de su edad.
Estos dos niños en el roce constante con sus parientes van abriendo los ojos a la vida y al mismo tiempo les sirven al guionista y director como hilo conductor para mostrarnos los caracteres, conductas y comportamientos de cada uno de estos personajes, aunque sea de forma superficial y un tanto poética, mientras apunta temas tan interesantes como la homosexualidad, el amor, la religión, la política y hasta la muerte.
El director aragonés, de forma pausada, nos ofrece su mirada en torno a la tierra murciana, con el verde de la huerta, el colorido de sus azoteas emblanquecidas por las sábanas oreadas al sol, y el carácter tan peculiar de sus gentes, todo ello tratado de forma lírica e intimista, a veces llenas de belleza en la puesta en escena y la fotografía, con una interpretación ajustada de la larga nómina de actores que en ella interviene.
La película logró el Premio al mejor director en el Festival de Montreal 1997 (ex-aequo con La balada de Tokio, de Jun Ichikawa).
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